1/10/07

Amor, curiosidad, prozac y dudas

Durante los últimos cinco años mi vida no ha seguido un rumbo fijo. Yendo de nada a nada, sin patrón ni destino, sin refugio ni brújula. A la deriva. Empeñada en la inútil huida de mi misma, en busca de un lugar donde caerme viva. Bebiendo cubalibres y fumando chinos y tragando éxtasis y sirviendo copas y besando labios y chupando pollas y aprobando exámenes y redactando trabajos y leyendo libros y escribiendo poesías, por lo general bastante malas, todo hay que reconocerlo. Poli-toxicómana confesa y pendón vocacional. Digamos que quería ser Burroughs, como Gema, supongo, aspiraba a ser Jane Bowles. He probado todas las drogas disponibles y me he acostado con todos los hombres más o menos presentables que se me ponían a tiro. Me lo he pasado bien, en suma. O quizá lo he pasado fatal. Puede que ni siquiera me haya enterado.

Una vida en perpetuo movimiento, la búsqueda en la calle de la droga, el temor al palo y la denuncia, la travesía continua de la ciudad, salidas a horas intempestivas, encuentros en lugares inesperados, persecuciones, engaños, traiciones, revanchas, nuevas caras, nueva gente, nuevos yonkis y camellos, chinos, chutas, papelinas, rohipnol, palos, broncas, buprex, monos, pastillas para superar el mono, calabozos de cárceles y celdas de clínicas, la amenaza constante de los maderos, idas y venidas, ningún lugar seguro, ningún día igual a otro. El vértigo de la aventura, el coqueteo con la muerte.

Lucía Etxebarria

28/9/07

Algún sueño


–Cuénteme algún sueño recurrente –me pidió Ming O’Brien

Joder, lo que me faltaba es un Freud con faldas, pensé, pero después de una pausa demasiado larga calculé cuánto me costaba cada minuto de silencio y a falta de algo más interesante se me ocurrió mencionarle lo de la montaña. Reconozco que comencé en un tono irónico, sentado pierna arriba, evaluándola con un ojo entrenado en mirar mujeres, he visto muchas y en aquella época todavía les ponía nota del uno al diez, la doctora no está mal, decidí que merecía más o menos un siete. Sin embargo a medida que contaba la pesadilla fue apoderándose de mí la misma terrible angustia que sentía al soñarla, vi a mis enemigos vestidos de negro avanzando hacia mí, cientos de ellos, sigilosos, amenazadores, transparentes, mis compañeros caídos como brochazos escarlatas en el gris omnipresente del paisaje, las veloces luciérnagas de las balas atravesando a los asaltantes sin detenerlos, y creo que empezó a correrme el sudor por la cara, me temblaban las manos de tanto empuñar el arma, lagrimeaba por el esfuerzo de apuntar en la espesa neblina y jadeaba buscando el aire que se me estaba convirtiendo en arena. Las manos de Ming O’Brien sacudiéndome por los hombros me devolvieron el sentido de la realidad y me encontré en una habitación apacible frente a una mujer que me traspasaba el alma con una mirada inteligente y firme.

Isabel Allende

27/9/07

Hasta el alba

Cuando no expresaba mis estrategias en rimas ridículas, entonces desenfrenaba el lápiz e imaginaba nuestros cuerpos a punto de caramelo, amelcochados, recostados en un muro del castillo de La Punta, como es de suponer mordiéndonos y devorándonos hasta el alba; al instante rectificaba y cambiaba la palabra alba por una hora más precisa, la una de la madrugada, por ejemplo, que era el tope de permiso paterno, aunque llegar a las tantas siempre me valía una semana de castigo, prohibido el repaso de Física, ya que sacar baja nota en esa asignatura (era un secreto a voces para cualquier familia) se había convertido en el recurso ideal para huir de casa. O en un impulso novelero describía nuestras siluetas iluminadas por la luz de la luna, revolcadas en el matorral de alguna represa distante, o bañadas por las olas; o igual nos calificaba de sombras grasientas y empegostadas de pomada doradora y arena en las playas del Este.

Zoé Valdés

26/9/07

Aquella mirada

Fue hacia la puerta y al salir se volvió a mirarme, se quedó un rato mirándome, apoyado en el quicio.

Aunque ha pasado mucho tiempo, todavía no comprendo; tienen que pasar muchos años para que yo comprenda aquella mirada, y a veces querría que mi vida fuese larga para contemplarla toda la vida; a veces creo que por más que la contemple ya es inútil comprenderla.

Rosa Chacel

25/9/07

Sobran los motivos

Este adiós, no maquilla un "hasta luego",
este nunca, no esconde un "ojalá",
estas cenizas, no juegan con fuego,
este ciego, no mira para atrás.

Este notario firma lo que escribo,
esta letra no la protestaré,
ahórrate el acuse de recibo,
estas vísperas, son las de después.

A este ruido, tan huérfano de padre,
no voy a permitirle que taladre
un corazón, podrido de latir.
Este pez ya no muere por tu boca,
este loco se va con otra loca,
estos ojos no lloran más por ti.

Joaquín Sabina

22/9/07

Cien días

La mitad de nuestra vida transcurre de noche y hay quien piensa que es la mejor mitad. Supongo que porque la noche debilita los corazones. No lo sé. El caso es que aquella noche éramos varias soledades buscándonos. Hay quien dice que la buena gente duerme mejor que la mala gente. Lo que pasa es que la mala gente se lo pasa bastante mejor cuando está despierta. Y por eso en aquel garito se lo estaban pasando tan bien. Aunque no estoy muy seguro porque, a veces, los peores antros a las peores horas están llenos de la mejor gente. Y yo creo que así era, porque allí estaba ella, al final de la barra, jodida y radiante. Y yo me enamoré, ¿quién no se ha enamorado al pie de una barra? El caso es que traté de raptarla pero fue muy difícil. Lope de Vega dice que el amor tiene fácil la entrada y difícil la salida. Y a aquel garito debía ocurrirle algo parecido porque aquella mujer llevaba muchas noches encerrada en aquel bar. Y muchos más días. Cien días.

Ismael Serrano

15/9/07

Recuerdo

No llamé, como supe en el mismo momento en que me separé de él, a Mario el día siguiente de nuestro regreso. Ni él me llamó a mí. Todo lo que nos unía no era, en ese momento, suficiente. Se había producido algún tipo, impreciso, de deterioro y, a veces, la única solución es dejar pasar el tiempo. Que él se encargue de hacer lo que los hombres por sí solos no pueden. Borra el recuerdo, produce nuevas necesidades; transforma el recuerdo.

Soledad Puértolas

14/9/07

La delicia

–Pero ¿qué es esa cosa que puede dar sentido a toda una existencia?

–Es algo mayor que el amor. No me malinterpretes, no quiero resultar críptico. Pero ¿cómo cercar toda la inmensidad del mar, toda la minucia de la mota de polvo? ¿Cómo explicar el silencio entre dos trenes que se cruzan y crean un pasillo infinito de aire intacto? Eso es la delicia. Ningún diccionario define la delicia como yo la concibo, en todo su esplendor. La delicia es un tipo de amor tridimensional, fabricado de amor de uno mismo y de amor del otro, de fascinación por el instante presente. La delicia conlleva en sí misma la fugacidad, el presentimiento de la pérdida. Los astros confluyen en el ahora mismo y uno sabe que ese instante perdurará para siempre en nuestra memoria y hará que los años tomen un valor añadido. Porque una vida puede durar un instante. Y uno puede quedarse a vivir sobre una mota de polvo y construir su casa en lo alto de un segundo. Cada día por vivir ese vuelve de pronto valioso. Porque un hombre en vida puede recordar. Y un muerto no. Una vez que hayas conocido la delicia, querrás seguir en vida.


Blanca Riestra

13/9/07

Profundidad

Recuerdo muchas cosas del pasado. Es curioso (tu dirás que es un signo de madurez; que al llegar a cierta edad queremos saber a que atenernos respecto al Cosmos y a nosotros mismos), hace poco tiempo que me dedico a bucear en el pasado, en mis recuerdos, y a destacar cosas a las que, cuando ocurrieron, no les di mayor importancia y que ahora, después de los años y a través de mi personalidad más acusada (o más madura), las veo y las juzgo de forma distinta a cuando las viví. Y es que yo ahondo ahora en las cosas y antes sólo lo externo me sorprendía. Ahora, para mí, las cosas y las personas, y hasta las palabras no son, no significan nada por lo que aparentan, sino por lo que son en su fondo, por lo que quieren significar, por su profundidad. No hay duda: ahora soy más auténtica.
Marta Portal

12/9/07

Annie

¿Conocen este chiste? Dos señoras de edad están en un hotel de alta montaña y dice una: Vaya, aquí la comida es realmente terrible. Y contesta la otra: Sí, y además las raciones son tan pequeñas... Pues, básicamente, así es como me parece la vida. Llena de soledad, miseria, sufrimiento, tristeza... Y sin embargo se acaba demasiado deprisa.

Otro chiste importante para mí es uno que generalmente se le atribuye a Groucho Marx, pero creo que fue Freud quien lo dijo en relación con el subconsciente. Y dice así, en paráfrasis: Jamás pertenecería a un club que tuviese a alguien como yo de socio. Ése es el chiste clave de mi vida adulta en cuanto a mis relaciones con mujeres. ¿Saben? Últimamente pasan cosas muy raras por mi cabeza, porque yo ya soy cuarentón y supongo que estoy pasando por alguna crisis vital. No sé. No me preocupa la vejez, no, no soy de esos, aunque me estoy quedando calvo de la coronilla, y eso es lo peor que se puede decir de mí. Sin embargo, creo que con la edad mejoraré. Sí. Creo que seré un ejemplar del tipo viril, calvo, digamos lo contrario de un distiguido canoso. A menos que no sea ninguno de los dos y acabe siendo uno de esos babeantes que con la bolsa de la compra al brazo entra en la cafetería, predicando el socialismo.

Annie y yo rompimos, y aún no puedo hacerme a la idea, sigo examinando metalmente las piezas de nuestras relaciones y analizando mi vida para averiguar dónde surgió el fallo. ¿Comprenden? Y no... Hace un año estábamos enamorados, muy enamorados y... No crean que soy un tipo fúnebre, tristón, y tampoco un depresivo. Yo tuve una infancia razonablemente feliz, creo... Me crié en Brooklyn, en la Segunda Guerra Mundial.

Woody Allen

10/9/07

Helena

Fixen o percorrido de ida e volta a toda présa, a punto de caer varias veces. Cando cheguei de novo a onde se atopaba Carlos, optei por sentarme á beira del, sen falarlle. El seguía chorando igual que antes, sen que se lle notase, na mesma actitude inmóbil, sen mover os ollos que tiña cravados no ceo. A pesar de que antes me refugara cando lle puxen a man na cabeza, atrevinme a facelo de novo, pero esta vez non me rexeitou. Fíxenlle unhas caricias coa punta dos dedos, desde a fronte ata a meixela, sen que el tratase de apartarme. Cando levaba así uns minutos, colleu a miña man coa súa, volveuse cara a min, miroume aos ollos e fixo un movemento que me permitiu deitarme ao seu lado, dunha maneira suave, case sen darme conta. Estivemos así pegados un ao outro e calados, ata que el mesmo me pasou a man pola cara e pronunciou o meu nome: "Helena". Eu esperaba que seguise falando, pero calou de novo, mirándome como se non me vise, e observei que tiña os ollos encarnados. Por primeira vez desde que o coñecía, comprobei que eran dunha intensa cor azul escura e que non brillaban como antes nin se movían con aquela rapidez de gato coa que o facían cando xogábamos no wigwan.

Carlos Casares

8/9/07

La octava maravilla

Mi abuelo me señaló el sol tan rojo a punto de desaparecer detrás del Árbol del Ahorcado. Mi abuelo dice que el suelo de Carabanchel es horroroso, pero que el cielo es de los más bonitos del mundo, tan bonito como las pirámides de Egipto o el rascacielos de King Kong. Es la octava maravilla del mundo mundial. Todo estaba tan quieto como en una película que echaron en la tele en la que un abuelo y un niño se quedaban los últimos en el cementerio después del entierro de uno que era negro. Pero esto era mucho mejor porque en la película de mi vida no habría ningún muerto de momento, me lo había prometido mi abuelo. No te lo vas a creer, pero creo que fue la tarde más feliz de mi existencia en el planeta Tierra.

Elvira Lindo

7/9/07

Cartas

Comencé a escribir cartas cuyo destinatario era aquel apetitoso desconocido. Hubiera podido averiguar datos suficientes sobre su persona, lo cual no constituía ninguna dificultad pues con cualquier excusa inventada podría robar información a la muchacha que estudiaba conmigo, pero quise mantener la discreción hasta el final, hasta que no quedara más remedio y tuviera que agenciarme una celestina. Supe que se llamaba Jorge y encabezaba las cartas con un Substancioso o Jugoso Jorge. Es la razón por la cual detesto despachar la correspondencia, el trauma provocado por lo que ocurriría más tarde debió sobrevivir en mí. Y claro, las cartas una empieza escribiéndolas sin ambición ni premura por enviarlas, más bien son el mejor método para hacer catarsis en soledad, pero luego caes en un sopor, en una amargura mezclada con frustración. Además el tipo no avanzaba, de las miradas de cordero degollado no pasaba, en alguna que otra ocasión esbozó una media sonrisa que me costó trabajo percibir por culpa del tupido mostacho. A una le invade el culillo porque el destinatario se entere, de inmediato, de nuestros sentimientos; buscamos una confidente con la ilusión de que ella será quien entregue los pliegos reescritos decenas de veces con letra apretada y trepidante.


Zoé Valdés

6/9/07

Promesas extremas

Estábamos frente a frente, despegados del mundo, de sus anomalías. Éramos dos estatuas vibrantes, sin más horizonte que nuestro amor:

– Nunca dejaré de quererte –le prometí.

Jamás pronuncié un “nunca” más sincero que aquél; sin embargo, no podía ser más absurdo. Tenía la petulancia de los “siempre”, de los “eternamente”, de los “para toda la vida…”. Yo no podía adivinar que a aquella edad las promesas extremas son siempre palabreos sin destino, voces que al menor tropiezo se estrellan contra el silencio.


Mercedes Salisachs

5/9/07

Asustada


Rodrigo estaba muy asustado, y hablaba con más severidad de la que acostumbraba. Escuchaba de fondo los pasos de Elsa, atrás y adelante, sobre las maderas del pasillo. Tarde llegó la respuesta.

–No tienes ni idea de lo que es esto. No puedes ni imaginarlo. Crees que tienes todas las soluciones, ahí, seguro en Desrein, sin nada que temer. Para ti es fácil decir haz, ven, no pasa nada. Haré lo que me parezca.

–¿Qué quieres decir con eso?

–¿Tú qué crees?

También ella estaba asustada. No era aquello lo que quería decir. Ven, Rodrigo, ámame, no me dejes, no permitas que piense, consuélame, dime lo que necesito oír, tú debes saberlo, tú me conoces, tú me quieres. Pero a cambio dijo:

–No sé ni lo que digo. Te llamaré luego, Rodrigo.

Él colgó sin contestar, y no supo si le había llegado su disculpa.

–Rodrigo…

Entonces el mundo se desintegró definitivamente, y sintió lo que era vivir sin aire. Respiró muy profundamente, creyendo que se ahogaba. Dejó el auricular en su sitio y recorrió el pasillo con un dedo siguiendo la pared. Dudó por un momento. Cogió la chaqueta y las llaves.

Espido Freire

3/9/07

Vixilia

E por fin amaneceu deixándolle dúas voluminosas bolsas nos ollos como dúbidas da noite en vela, aquela en que navegara entre o pasado e o presente con desigual acerto, nesa realidade sen coordenadas espazo-temporais que era a súa vida.David durmía feito un nobelo cando ela entrou preparar o almorzo. Nin sequera durmindo conseguía calar e as palabras sonámbulas e inconexas rompían aquela mañanciña sen luz de choiva omnipresente. Quen souber o que amaba en soños. Alba tivo por enésima vez a tentación de bicalo e por enésima vez reprimiuse. Non sabía por qué, pero non podía facelo. Non podía e, non obstante, non sabía se o fixera durante a vixilia. Entre a realidade e o soño Entre a contención e o desexo. Bailando entre ambas as dúas mentiras.

Rosa Aneiros

2/9/07

Felicidad

Supongo que nuestra repentina felicidad prefiguraba a sus ojos una especie de cuento de hadas imposible. Los enamorados y los recién nacidos tienen la virtud de despertar en quien los contempla, sean mendigos, putas, asesinos o emplazados, una candidez tan infantil, una esperanza tan vana, Todos parecen decirse: «Si esto puede ocurrir es que todo es posible. Si todo es posible quizás haya alguna esperanza para mí».

Nuestro enamoramiento parecía haber arrastrado con su fuerza a todos los que nos rodeaban. Y porque estábamos enamorados, todo el mundo se había enamorado de nosotros.

Fernando me contemplaba desde su lecho con un cariño inaudito, como si mi felicidad repentina fuese obra de sus manos nudosas. Yo también me sentía extrañamente benévola. Parecía como si mi repentino estado me hubiese velado los ojos con una tibia gasa de cariño universal. De pronto me encontré queriendo al orbe entero con todas mis fuerzas. Me retenía para no abrazar al triste Fernando como si me fuese la vida en ello. Hubiese querido decirle en aquellas largas tarde de sobremesa, cuando ambos nos encontrábamos ante una taza de café con leche, hablando como cotorras sobre una y mil inconsciencias:

«No te preocupes, voy a salvarte. Te salvaré y serás feliz. ¿No ves que soy fuerte? Voy a salvaros a todos. A haceros felices. Porque voy a quereros a todos con todo el corazón. ¿No te das cuenta de que llevo entre las manos una bola de vidrio invisible que transforma toda tristeza en alegría?»


Blanca Riestra

29/8/07

Si Peter Pan viniera

Uno de los finales más tristes de toda la literatura universal es el final de Peter Pan.

El tiempo ha pasado y Wendy es toda una mujer, tiene una hija, hermosa, tan hermosa como lo era ella la primera vez que pisó Nunca Jamás de la mano de Peter Pan. Wendy acaba de acostar a su niña, la habitación está a oscuras. De repente se abren las ventanas de par en par, contra el cielo estrellado se recorta la figura de Peter Pan. Wendy, vine a por ti. Es el tiempo de la limpieza de la primavera. Tienes que cuidar de mí y de los niños perdidos. Pero Wendy le confiesa que se ha olvidado de volar. No malgastes en mí el polvo de las alas de las hadas, le dice. Peter Pan, que aún es un niño, no entiende nada. Wendy le dice, encenderé la luz para que comprendas. Y por primera vez en su vida, que nosotros sepamos, Peter Pan tiene miedo y sólo acierta a decir: no enciendas la luz.

Esta noche encenderemos la luz con la certeza de que si Peter Pan viene a buscarnos podremos sostenerle la mirada sin darle un susto de muerte. Si Peter Pan viene a buscarles, no lo duden, miren su cara, y emprendan esa urgente huída. Y que no me entere yo que se marchan sin nosotros.


Ismael Serrano

24/8/07

Querido Ben

Querido Ben:

Una vez soñé que te perdía. Estábamos en
unos icebergs y no me acuerdo si tú te alejabas flotando de mí o yo de ti. Pero
recuerdo que me desperté a tu lado, era media noche y estaba lloviendo, como
hoy. Te oí respirar y me calmé. Era como si nos habláramos sin palabras. Me
pregunto cómo y cuándo aprendimos ese lenguaje secreto. Sólo sé que en algún
momento, en los silencios, te oía. Y ahora sólo me quedan las palabras, estas
palabras inútiles cuando lo único que quiero es volver a estar a tu lado. Hacer
que te sientas seguro, ayudarte a dormir. Recuperarte.

Felicity

23/8/07

Un miedo

Esa noche, es decir, hacía unas horas, el Poco la había acompañado a su casa, como siempre. Al cruzar la acera, cuando doblaron la plaza, el Poco la había agarrado de un hombro. Tenía la palma ardiente y seca, como de fiebre. Entonces ella le cogió la mano y le apretó suavemente los ásperos dedos contra su cuello. Anduvieron así un buen rato, quietos, sin hablarse, como disimulando su contacto. Pero cuando llegaron al portal el Poco se desasió bruscamente y se marchó sin añadir palabra. Bella intuyó entonces que la noche iba a ser larga, una noche de insomnio y muchos trenes. Cuando Bella dormía sola, en la habitación siempre había un rincón habitado por el miedo. A veces se quedaba ahí quieto, sin salir, sin atacarla, pero aún así ella sabía que existía, que permanecía agazapado. A veces el miedo aprovechaba los chirridos de la oscuridad, los crujidos del silencio, y entonces salía de su rincón y caía sobre ella como un rayo. Era su propio miedo, la conocía bien, y no había manera de defenderse de él. En esos casos Bella se limitaba a encogerse en la cama, a arrimar la espalda a la pared y esperar que amaneciera. Era un miedo muy pertinaz.

Rosa Montero

9/8/07

Despertar

He determinado por corroborar que la acción más importante en mi vida es despertar. Despertar del letargo impuesto por la espesa realidad. Despertar cada mañana y beber un café comprobando que el mar sigue ahí, gozándolo a través de las ventanas de mi refugio hexagonal. Despertar y beber un café y mirar al mar, esa es mi máxima aspiración.

Zoé Valdés

27/7/07

Vivir así

Empezamos a vivir así, como si cada día fuese el primero, como si cada día redescubriésemos el placer de poder estar juntos. No quiero daros una imagen falsamente ñoña de aquella época. En verdad todo era hermoso, pero no con la hermosura de los campanarios. Vivíamos no como dos recién casados, término a mi parecer peyorativo, sino como una pareja de homosexuales que se palmean en la espalda, que se besan y discuten, que se miran de igual a igual.


Parecía que aquello iba a durar siempre. Las largas discusiones hasta el alba, las partidas de mus con los vecinos. La extraña sensación de no estar solos, de formar una sociedad limitada con enormes posibilidades de futuro. Nunca llegue a mudarme al atelier pero mi habitación del segundo piso permanecía vacía casi siempre, relegada en el olvido. No vivíamos juntos pero estábamos juntos todo el tiempo.

Parecía como si aquella fuerza nueva nos hubiese hecho cambiar de opinión sobre las cosas. Empezamos a frecuentar las salitas del cineclub de Saint-Germain-de-Près donde ponían películas antiguas y los sillones se hundían como ciénagas bajo nuestro peso alegre. Pascal compraba palomitas caramelizadas y yo ponía mis piernas sobre sus rodillas, mientras alguna historia atroz de incesto o de crimen discurría ante nuestros ojos extrañamente regocijados. A veces nos citábamos como dos amantes de la belle époque en un restaurante ruso cerca de la rue de Bucy. Yo llegaba antes de tiempo para disfrutar del placer de la espera, para disfrutar del miedo de perderlo y verlo finalmente aparecer, empujando la puerta del Moscova, con su gabán de resistente empapado por la lluvia.

Comíamos con una nueva avidez, muertos de hambre, cuerpos desbocados por un existir tan fuerte, pasteles y bocadillos, patatas fritas con mayonesa. Nos emborrachábamos juntos como dos adolescentes que se percataban de la fuerza telúrica del alcohol en los baños de un colegio de curas. Éramos tontos, nos reíamos a morir por cualquier chiste sin gracia. Yo robaba huevos de chocolate en el supermercado de la esquina para deslizarlos bajo su almohada y que Pascal los encontrase al despertar, boquiabierto como un besugo, presentes dignos del ratoncito Pérez.

Yo era feliz, tan feliz como es posible. Nunca pensaba más que en el presente. Abandoné toda preocupación, toda filosofía de trastienda. La tristeza se me antojaba vieja de mil años, anticuada, ñoña, sin sitio alguno dentro de mis días. Y es que mis días estaban tan llenos, tan repletos de actividades esenciales: comer, dormir la siesta, andar en bicicleta bajo la lluvia, meredar, estirarme cuan larga era en el sofá, abandonar toda mala duda en el futuro.

- Nuestra vida es una perpetua y esplendorosa merienda. ¿No crees?

Empecé a recobrar el gusto perdido por los largos paseos interminables a través de aquel París bullidor de fin de fiesta. París sigue siendo esa ciudad lasciva del delta de Venus donde cada cortina encubre un cuerpo desnudo, un vaivén amoroso, donde cada ventana entornada ahoga un encuentro furtivo. París sigue siendo amiga del sensual pero enemiga acerba del solitario.

El París de los enamorados se asemeja al París de los niños o de los viejos. Pascal y yo nos encontrábamos así de pronto paseando por de Jardín aux Plantes, dándonos rendez-vous sin motivo alguno en el parque Montsouris, contemplando los barquichuelos del estanque en las Tullerías, leyendo el periódico bajo el sol tímido de invierno de los jardines de Luxemburgo. Nos sentábamos en las hamacas metálicas que pertenecen al parque donde los parisinos juegan a las cartas, leen Le Monde, se dan citas a ciegas. Yo apoyaba mi cabeza sobre su estómago, entornaba los ojos y veía estrellas de luz velada, o una cortina de carne, el periódico reflejaba los rayos de sol y yo escuchaba el latir pausado del corazón de mi amante.
Blanca Riestra

25/7/07

Cínica

Deixar de ser unha cínica custa un traballo inmenso. Pero agora entende as razóns polas cales o era. A imposibilidade de crer en ningúen. Aínda segue tendo redutos moi amplos de desconfianza dos que seguramente non se chegará a recuperar nunca. Sinceramente e por moito que lle diga a psicóloga, non cre que poida relacionarse nunca cun home como ve facer a tantas mulleres. Non é capaz de recuperarse dese dobre xogo. Non confía. Calquera deles podería mercar mulleres pola noite. Non, aí non chega. Non cre que poida chegar.

Pero os avances, malia todo, foron enormes. Brutais. E séntese ben orgullosa. Comezou timidamente. Comezou aprendendo a calcetar. Aprendendo a confiar, que as dúas comezan por c. Chegado un punto comprendeu que o seu cinismo non podía convivir coa ilusión dos xoves pola tarde. Así que deu o paso e achegouse á asociación de mulleres. Non estaba moi convencida e ao primeiro non comentou con ninguén. A dicir verdade ao primeiro non sabía moi ben como falar. Como se fala da ira? Como se fala do odio e da rabia que unha sente? Así que se dedicaba a aplicar a súa estratexia de sempre, a de afastarse comodamente. Podía falar da súa vida desde fóra. Pero á psicóloga aquilo non lle chegaba. E pouco a pouco a ela tampouco. Ata que un día sen saber moi ben como abriu as portas. Chorou como non facía desde nena. Chorou e berrou e proclamou que odiaba á súa mai, que non cría en nada, que odiaba aos homes, a todos e cada un só por nacer, que odiaba o seu corpo... rompeu. Para volver a compoñerse. Ese fora o comezo dun novo camiño.

María Reimóndez

23/7/07

Música sin nombre


Yo no lo dudaba: me parecía ver en Román un fondo inagotable de posibilidades. En el momento en que, de pie junto a la chimenea, empezaba a pulsar el arco, yo cambiaba completamente. Desaparecían mis reservas, la ligera capa de hostilidad contra todos que se me había ido formando. Mi alma, extendida como mis propias manos juntas, recibía el sonido como una lluvia la tierra áspera. Román me parecía un artista maravilloso y único. Iba hilando en la música una alegría tan fina que traspasaba los límites de la tristeza. La música aquella sin nombre. La música de Román, que nunca más he vuelto a oír.

El ventanillo se abría al cielo oscuro de la noche. La lámpara encendida hacía más alto y más inmóvil a Román, sólo respirando en su música. Y a mí llegaban oleadas, primero, ingenuos recuerdos, sueños, luchas, mi propio presente vacilante, y luego, agudas alegrías, tristezas, desesperación, una crispación impotente de la vida y un anegarse en la nada. Mi propia muerte, el sentimiento de mi desesperación total hecha belleza, angustiosa armonía sin luz.


Carmen Laforet

22/7/07

Mujeres

Muchos hombres, por la educación que han recibido, siguen esperando ser el eje de la vida de una mujer o, al menos, parten de la idea de que la mujer se adaptará a sus necesidades y exigencias. Quizás este tipo de relación pueda resultar más adecuada a una mujer joven, con una personalidad poco definida y con menos experiencia, aunque cada día hay más mujeres jóvenes decididas y que saben bien lo que quieren.

Las mujeres hoy tienen una vida bastante completa. No necesitan ni buscan los beneficios materiales que les pueda aportar un hombre, ni una excusa para llenar sus vidas. Tampoco necesitan la compañía de un hombre para sobrevivir, ni para sentirse bien consigo mismas, ni alguien que defina sus vidas y dé sentido a su existencia, al haberlo logrado en buena parte. En consecuencia, no consideran el matrimonio como algo imprescindible para ser adultas, de manera que por primera vez hay un sector numeroso de mujeres que puede elegir no casarse. No precisan estar casadas para estar satisfechas, porque no estar casadas no es para ellas el fin del mundo. Están comprometidas consigo mismas y a gusto dentro de su piel.

Entonces, ¿qué buscan estas mujeres?

Carmen Alborch