Las revistas femeninas están llenas de consejos, advertencias y estrategias sobre cómo mejorar nuestras relaciones con los hombres. Las masculinas, en cambio, hablan de cómo mejorar los bíceps… También de cuál es el mejor restaurante del momento, qué loción evita la caída del pelo y cómo vestir sexy; pero de temas sentimentales, ni una línea. Para hacerme la interesante podría citar ahora al inefable Byron, pero prefiero tomar el camino de la Antropología: según esta ciencia, lo que sucede es que a las mujeres nos gusta hablar de nuestros sentimientos y a los hombres les horroriza. Dice la doctora Louann Brizendine, cuyo libro El cerebro femenino está batiendo récords, que todo viene de que nosotras hablamos tres veces más que los hombres. De hecho, utilizamos 20.000 palabras por día y los hombres, apenas 7.000. Hasta aquí todos los expertos están de acuerdo, pero después surgen las diferencias, porque mientras Brizendine asegura que hablar es «casi tan placentero como el sexo», otra famosa especialista, Alexandra Jacobs, opina que con dar la lata a nuestro hombre con eso de que hay que ‘hablar’ los problemas lo único que conseguimos es debilitar los lazos que nos unen. Su libro se llama, muy adecuadamente, La solución es no-hablar. Hablar o no hablar, ésa es la cuestión, pero mientras decidimos a qué bando apuntarnos, he aquí otro punto en el que están de acuerdo las dos autoras. Las mujeres deberíamos entrenarnos en comprender que los silencios masculinos en ningún caso son señal de rechazo o repudio. «No es que no nos quieran –aclara Brizendine–, simplemente están siendo muy varoniles.» Otra cosa que sorprende mucho a las mujeres y que también hay que recordar siempre, según estas sabias estudiosas, es que la cabeza masculina funciona de manera diferente de la nuestra. Por ejemplo, cuando observamos a un hombre sentado con la mirada perdida en el infinito y, preocupadas, le preguntamos en qué está pensando, la contestación más habitual es «en nada». «No es posible –pensamos inmediatamente nosotras–, nos está mintiendo, ¿qué le pasará? ¿Estará enfermo?, ¿preocupado?, ¿deprimido?» Y la respuesta a tan terribles incertidumbres, queridas mías, es «no». Ese hombre no está pensando en nada, algo inaudito para nosotras, que siempre estamos dale que dale al cerebro, pero es así. Este tipo de diferencias es el que hace que unos y otras no nos entendamos. Personalmente, como soy de pocas palabras, no me importa que los hombres que tengo cerca lo sean también, pero me resulta incomprensible, en cambio, eso de que piensen «en nada» o que rehúyan hablar de los problemas cuando los hay. Sin embargo, para ese escapismo sentimental, también tiene explicación la doctora Brizendine: la testosterona, según ella, reduce la parte del cerebro que se ocupa de registrar las palabras emocionales. En otras palabras: el hombre no registra esas 13.000 palabras que nos separan. Uf, qué alivio, pienso yo, así que no se está haciendo el sordo, es sordo.
Como ven, el tema resulta apasionante y da para mucha discusión. ¿Pueden modificarse su forma de ser o la nuestra? ¿Será la educación lo que hace que los hombres no escuchen y que las mujeres hablen de más? Las feministas han intentado varias veces lograr que los niños más pequeños jueguen a las muñecas o a las cocinitas para que se críen más sensibles, más atentos. Pero sus experimentos han acabado siempre en eso, en experimentos (cuando no con la cabeza de la muñeca convertida en pelota de fútbol y la cacerola, en tambor). La actual peste de lo políticamente correcto nos hace creer que todo lo que no nos gusta o no comprendemos del otro puede ser modificado. Pero yo pienso que es más práctico saber que sentimos diferente y comprender que lo que ellos hacen o dejan de hacer se debe, sencillamente, a que, como dice la canción, Men are different… Y nosotras, también.
18/10/07
Hombres: instrucciones de uso
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14/10/07
Zarza
Apagó el despertador, que todavía alborotaba sobre la mesilla, y se sentó en la cama. El aire del dormitorio se acomodó flojamente alrededor de su cuerpo, como una chaqueta que no termina de ajustar. A esas mismas horas, en ese mismo instante, miles de personas solitarias se levantaban, metidas en el caparazón de sus casas vacías. Zarza sintió el peso del resto del mundo sobre sus espaldas. Si sufriera un repentino ataque cardíaco y se muriera, tardarían por lo menos un par de días en descubrirla. Pero Zarza no disponía ahora de tiempo para morir. Tenía que levantarse. Chancleteó por el dormitorio hacia el cuarto de baño, que carecía de ventanas. Encendió la fila de bombillas que enmarcaba el espejo y se miró. Siempre la misma palidez y la sombra azulosa rubricando los ojos. Aunque tal vez fuera efecto de la luz artificial, tal vez bajo una violenta luz solar no tuviera ese aspecto lánguido y morboso. La gente decía que era hermosa, o al menos alguna gente aún lo decía, y ella se lo había creído mucho tiempo atrás, en otra vida. Ahora simplemente se encontraba rara, con esa mata desordenada de pelo rojizo veteado de canas, semejante a un fuego que se extingue; con la piel lechosa y las ojeras, y con una mirada oscura en la que no se podía reconocer. Un vampiro diurno. Hacía mucho tiempo que no conseguía reconciliarse con su aspecto. No se sentía del todo real. Por eso jamás se hacía fotos, y procuraba no mirarse en los espejos, en los escaparates, en las puertas de vidrio. Sólo se asomaba a su reflejo por las mañanas, todas las mañanas, en su cuarto de baño. Se enfrentaba al azogue, con los párpados pesados y la boca sabiendo todavía al salitre de la noche, para intentar acostumbrarse a su rostro de ahora. Pero no, no avanzaba. Seguía siendo una extraña. A fin de cuentas, tampoco los vampiros pueden contemplar su propia imagen.
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13/10/07
Jamás olvidaré a Teresa
Contemplé de cerca el rostro de la mujer que se mecía entre mis brazos y advertí en su piel tersa un tinte descolorido, una red irregular de venillas grisáceas e inicios de surcos en los alrededores de los ojos y la boca. Tras sus párpados entornados adiviné las riberas hasta donde descienden los pastos frescos, la brisa empalagosa de los bosques y el rumor del agua y las hojas y las cosas en movimiento que constituyen el lenguaje secreto de la infancia. Jamás olvidaré a Teresa.
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10/10/07
Manos
El temblor metálico es sólo de las flores. Manos que sacan y meten, dedos firmes y acrobáticos, manos sin nudos, manos mucho más jóvenes que la cara. El bisbiseo menudo es de las alas de los insectos. Manos con dedos largos, manos de frágiles facciones que hacen ejercicios de despertar, uno, dos, se abren y cierran, cien, francamente, mamá, que podrían haber tocado el piano, es tu marido, mamá, deberías venir, el arpa, el violín. Aquello que arde en los árboles es la brisa del viento. Manos que se baten, que huelen, que oyen, que piensan y suspiran, que sufren en la oscuridad, que meten y sacan, sacan y sacan, un reloj inglés, un espejito de plata, manos de porcelana que ni siquiera tiemblan al hablar, pálidas, hermosas, suaves, manos de niña, manos que sujetan un bolso de piel, un collar de nácar, manos ausentes sobre un regazo en el jardín. Manos que albergan una memoria y gritan:
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9/10/07
Borja
Como entonces, salté de la cama. En aquel desvelo crudo, tan real, tan gris, salí descalza, abrí el balcón y salté a la logia. Allí estaba Borja, envuelto en el abrigo, pálido, mirándome. Se fumaba el último Murati.
Los arcos de la logia recortaban la bruma de un cielo apenas iluminado por la luz naciente tras las montañas, donde aún dormían los carboneros. Borja tiró el cigarrillo al suelo y fuimos el uno hacia el otro, como empujados, y nos abrazamos. Él empezó a llorar, a llorar, ¿cómo se puede llorar de esa forma? Pero yo no podía (era un castigo, porque él siempre aborreció a Manuel. Pero yo, ¿acaso no le amaba?). Estaba rígida, helada, apretándole contra mí. Sentí sus lágrimas cayéndome cuello abajo, metiéndose por el pijama. Miré al jardín y detrás de los cerezos descubrí la higuera, que, a aquella luz, parecía blanca. Allí estaba el gallo de Son Major, con sus coléricos ojos, como dos botones de fuego. Alzado y resplandeciente como un puñado de cal, y gritando –amanecía– su horrible y estridente canto, que clamaba, quizá –qué se yo– por alguna misteriosa causa perdida.
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7/10/07
Primer amor
Cuando el príncipe azul apareció, era ya demasiado tarde. Le había esperado desde hacía muchos años, desde los lazos rosas de mis faldones y el vuelo de mis vestidos bordados, desde los juegos de saltar a la comba en los que los brincos determinaban el número de novios que tendríamos. Formulé deseos a la luna y tramé hechizos en la noche de San Juan, pero el amor no llegaba. Tardé mucho en descubrir que el amor nos estaba vedado a las niñas, que habíamos de crecer para experimentarlo. Y mientras tanto, perdí la ingenuidad, y me harté de esperar caballeros de plateadas armaduras. Cuando llegó la adolescencia era demasiado tarde.
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6/10/07
Ahora
Hoy es siempre todavía. Toda la vida es ahora.
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4/10/07
La más sutil de las venganzas
Muchas veces se ha dicho que el mundo sería más humano cuando por fin mandásemos nosotras, porque somos más sensibles y compasivas que los hombres. Y siempre he creído que así sería. Pienso que el haber sido víctima sirve -debería servir-, sobre todo, para no repetir los patrones de conducta de los victimarios y ser más humanas que ellos.
Por eso, si históricamente el sexo masculino nos ha sometido a leyes injustas, nos ha discriminado y hasta ha escrito tratados filosóficos 'demostrando' que éramos menos inteligentes, más débiles y desde luego menos racionales que ellos no hagamos nosotras lo mismo. Cuando por fin parece estar alumbrando un siglo decididamente femenino, sería bueno demostrar que, en efecto, somos más sensibles que ellos. Si Thomas Hobbes, en el siglo XVII, dijo aquello de que el hombre es un lobo para sus semejantes, demostremos nosotras ahora que la frase no puede de ninguna manera tener su correlato en femenino. Ésta sería, pienso yo, la mejor de las venganzas de nuestro sexo sobre el suyo.
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2/10/07
Condena
Alguna vez había oído decir que en París funcionaron durante un tiempo unos burdeles para mujer. Que tuvieron que cerrarlos porque sólo iban las prostitutas. Que la idea de comprar el placer no se avenía con la psicología de la mujer, porque la mujer quiere ser comprada, mandada, enajenada.
Y ella pensaba que debería existir esa costumbre, ese acuerdo con la sociedad. Bastante sujeta estaba la hembra humana a ese ser fatuo que se considera superior y dicta leyes. Además, tiene que andar persiguiéndolo, comiéndose el orgullo, para acostarse con él.
Iba a hacerse de noche. Un día más. Y su condena no tenía fin. No tenía marcada una fecha con el final. Si así fuera, ella iría apuntando en un calendario cada día que pasara, lo suprimiría poniéndole una gran aspa roja, ancha.
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1/10/07
Amor, curiosidad, prozac y dudas
Durante los últimos cinco años mi vida no ha seguido un rumbo fijo. Yendo de nada a nada, sin patrón ni destino, sin refugio ni brújula. A la deriva. Empeñada en la inútil huida de mi misma, en busca de un lugar donde caerme viva. Bebiendo cubalibres y fumando chinos y tragando éxtasis y sirviendo copas y besando labios y chupando pollas y aprobando exámenes y redactando trabajos y leyendo libros y escribiendo poesías, por lo general bastante malas, todo hay que reconocerlo. Poli-toxicómana confesa y pendón vocacional. Digamos que quería ser Burroughs, como Gema, supongo, aspiraba a ser Jane Bowles. He probado todas las drogas disponibles y me he acostado con todos los hombres más o menos presentables que se me ponían a tiro. Me lo he pasado bien, en suma. O quizá lo he pasado fatal. Puede que ni siquiera me haya enterado.
Una vida en perpetuo movimiento, la búsqueda en la calle de la droga, el temor al palo y la denuncia, la travesía continua de la ciudad, salidas a horas intempestivas, encuentros en lugares inesperados, persecuciones, engaños, traiciones, revanchas, nuevas caras, nueva gente, nuevos yonkis y camellos, chinos, chutas, papelinas, rohipnol, palos, broncas, buprex, monos, pastillas para superar el mono, calabozos de cárceles y celdas de clínicas, la amenaza constante de los maderos, idas y venidas, ningún lugar seguro, ningún día igual a otro. El vértigo de la aventura, el coqueteo con la muerte.
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28/9/07
Algún sueño
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27/9/07
Hasta el alba
Cuando no expresaba mis estrategias en rimas ridículas, entonces desenfrenaba el lápiz e imaginaba nuestros cuerpos a punto de caramelo, amelcochados, recostados en un muro del castillo de La Punta, como es de suponer mordiéndonos y devorándonos hasta el alba; al instante rectificaba y cambiaba la palabra alba por una hora más precisa, la una de la madrugada, por ejemplo, que era el tope de permiso paterno, aunque llegar a las tantas siempre me valía una semana de castigo, prohibido el repaso de Física, ya que sacar baja nota en esa asignatura (era un secreto a voces para cualquier familia) se había convertido en el recurso ideal para huir de casa. O en un impulso novelero describía nuestras siluetas iluminadas por la luz de la luna, revolcadas en el matorral de alguna represa distante, o bañadas por las olas; o igual nos calificaba de sombras grasientas y empegostadas de pomada doradora y arena en las playas del Este.
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26/9/07
Aquella mirada
Fue hacia la puerta y al salir se volvió a mirarme, se quedó un rato mirándome, apoyado en el quicio.
Aunque ha pasado mucho tiempo, todavía no comprendo; tienen que pasar muchos años para que yo comprenda aquella mirada, y a veces querría que mi vida fuese larga para contemplarla toda la vida; a veces creo que por más que la contemple ya es inútil comprenderla.
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25/9/07
Sobran los motivos
Este adiós, no maquilla un "hasta luego",
este nunca, no esconde un "ojalá",
estas cenizas, no juegan con fuego,
este ciego, no mira para atrás.
Este notario firma lo que escribo,
esta letra no la protestaré,
ahórrate el acuse de recibo,
estas vísperas, son las de después.
A este ruido, tan huérfano de padre,
no voy a permitirle que taladre
un corazón, podrido de latir.
Este pez ya no muere por tu boca,
este loco se va con otra loca,
estos ojos no lloran más por ti.
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22/9/07
Cien días
La mitad de nuestra vida transcurre de noche y hay quien piensa que es la mejor mitad. Supongo que porque la noche debilita los corazones. No lo sé. El caso es que aquella noche éramos varias soledades buscándonos. Hay quien dice que la buena gente duerme mejor que la mala gente. Lo que pasa es que la mala gente se lo pasa bastante mejor cuando está despierta. Y por eso en aquel garito se lo estaban pasando tan bien. Aunque no estoy muy seguro porque, a veces, los peores antros a las peores horas están llenos de la mejor gente. Y yo creo que así era, porque allí estaba ella, al final de la barra, jodida y radiante. Y yo me enamoré, ¿quién no se ha enamorado al pie de una barra? El caso es que traté de raptarla pero fue muy difícil. Lope de Vega dice que el amor tiene fácil la entrada y difícil la salida. Y a aquel garito debía ocurrirle algo parecido porque aquella mujer llevaba muchas noches encerrada en aquel bar. Y muchos más días. Cien días.
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15/9/07
Recuerdo
No llamé, como supe en el mismo momento en que me separé de él, a Mario el día siguiente de nuestro regreso. Ni él me llamó a mí. Todo lo que nos unía no era, en ese momento, suficiente. Se había producido algún tipo, impreciso, de deterioro y, a veces, la única solución es dejar pasar el tiempo. Que él se encargue de hacer lo que los hombres por sí solos no pueden. Borra el recuerdo, produce nuevas necesidades; transforma el recuerdo.
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14/9/07
La delicia
–Pero ¿qué es esa cosa que puede dar sentido a toda una existencia?
–Es algo mayor que el amor. No me malinterpretes, no quiero resultar críptico. Pero ¿cómo cercar toda la inmensidad del mar, toda la minucia de la mota de polvo? ¿Cómo explicar el silencio entre dos trenes que se cruzan y crean un pasillo infinito de aire intacto? Eso es la delicia. Ningún diccionario define la delicia como yo la concibo, en todo su esplendor. La delicia es un tipo de amor tridimensional, fabricado de amor de uno mismo y de amor del otro, de fascinación por el instante presente. La delicia conlleva en sí misma la fugacidad, el presentimiento de la pérdida. Los astros confluyen en el ahora mismo y uno sabe que ese instante perdurará para siempre en nuestra memoria y hará que los años tomen un valor añadido. Porque una vida puede durar un instante. Y uno puede quedarse a vivir sobre una mota de polvo y construir su casa en lo alto de un segundo. Cada día por vivir ese vuelve de pronto valioso. Porque un hombre en vida puede recordar. Y un muerto no. Una vez que hayas conocido la delicia, querrás seguir en vida.
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13/9/07
Profundidad
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12/9/07
Annie
¿Conocen este chiste? Dos señoras de edad están en un hotel de alta montaña y dice una: Vaya, aquí la comida es realmente terrible. Y contesta la otra: Sí, y además las raciones son tan pequeñas... Pues, básicamente, así es como me parece la vida. Llena de soledad, miseria, sufrimiento, tristeza... Y sin embargo se acaba demasiado deprisa.
Otro chiste importante para mí es uno que generalmente se le atribuye a Groucho Marx, pero creo que fue Freud quien lo dijo en relación con el subconsciente. Y dice así, en paráfrasis: Jamás pertenecería a un club que tuviese a alguien como yo de socio. Ése es el chiste clave de mi vida adulta en cuanto a mis relaciones con mujeres. ¿Saben? Últimamente pasan cosas muy raras por mi cabeza, porque yo ya soy cuarentón y supongo que estoy pasando por alguna crisis vital. No sé. No me preocupa la vejez, no, no soy de esos, aunque me estoy quedando calvo de la coronilla, y eso es lo peor que se puede decir de mí. Sin embargo, creo que con la edad mejoraré. Sí. Creo que seré un ejemplar del tipo viril, calvo, digamos lo contrario de un distiguido canoso. A menos que no sea ninguno de los dos y acabe siendo uno de esos babeantes que con la bolsa de la compra al brazo entra en la cafetería, predicando el socialismo.
Annie y yo rompimos, y aún no puedo hacerme a la idea, sigo examinando metalmente las piezas de nuestras relaciones y analizando mi vida para averiguar dónde surgió el fallo. ¿Comprenden? Y no... Hace un año estábamos enamorados, muy enamorados y... No crean que soy un tipo fúnebre, tristón, y tampoco un depresivo. Yo tuve una infancia razonablemente feliz, creo... Me crié en Brooklyn, en la Segunda Guerra Mundial.
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10/9/07
Helena
Fixen o percorrido de ida e volta a toda présa, a punto de caer varias veces. Cando cheguei de novo a onde se atopaba Carlos, optei por sentarme á beira del, sen falarlle. El seguía chorando igual que antes, sen que se lle notase, na mesma actitude inmóbil, sen mover os ollos que tiña cravados no ceo. A pesar de que antes me refugara cando lle puxen a man na cabeza, atrevinme a facelo de novo, pero esta vez non me rexeitou. Fíxenlle unhas caricias coa punta dos dedos, desde a fronte ata a meixela, sen que el tratase de apartarme. Cando levaba así uns minutos, colleu a miña man coa súa, volveuse cara a min, miroume aos ollos e fixo un movemento que me permitiu deitarme ao seu lado, dunha maneira suave, case sen darme conta. Estivemos así pegados un ao outro e calados, ata que el mesmo me pasou a man pola cara e pronunciou o meu nome: "Helena". Eu esperaba que seguise falando, pero calou de novo, mirándome como se non me vise, e observei que tiña os ollos encarnados. Por primeira vez desde que o coñecía, comprobei que eran dunha intensa cor azul escura e que non brillaban como antes nin se movían con aquela rapidez de gato coa que o facían cando xogábamos no wigwan.
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8/9/07
La octava maravilla
Mi abuelo me señaló el sol tan rojo a punto de desaparecer detrás del Árbol del Ahorcado. Mi abuelo dice que el suelo de Carabanchel es horroroso, pero que el cielo es de los más bonitos del mundo, tan bonito como las pirámides de Egipto o el rascacielos de King Kong. Es la octava maravilla del mundo mundial. Todo estaba tan quieto como en una película que echaron en la tele en la que un abuelo y un niño se quedaban los últimos en el cementerio después del entierro de uno que era negro. Pero esto era mucho mejor porque en la película de mi vida no habría ningún muerto de momento, me lo había prometido mi abuelo. No te lo vas a creer, pero creo que fue la tarde más feliz de mi existencia en el planeta Tierra.
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7/9/07
Cartas
Comencé a escribir cartas cuyo destinatario era aquel apetitoso desconocido. Hubiera podido averiguar datos suficientes sobre su persona, lo cual no constituía ninguna dificultad pues con cualquier excusa inventada podría robar información a la muchacha que estudiaba conmigo, pero quise mantener la discreción hasta el final, hasta que no quedara más remedio y tuviera que agenciarme una celestina. Supe que se llamaba Jorge y encabezaba las cartas con un Substancioso o Jugoso Jorge. Es la razón por la cual detesto despachar la correspondencia, el trauma provocado por lo que ocurriría más tarde debió sobrevivir en mí. Y claro, las cartas una empieza escribiéndolas sin ambición ni premura por enviarlas, más bien son el mejor método para hacer catarsis en soledad, pero luego caes en un sopor, en una amargura mezclada con frustración. Además el tipo no avanzaba, de las miradas de cordero degollado no pasaba, en alguna que otra ocasión esbozó una media sonrisa que me costó trabajo percibir por culpa del tupido mostacho. A una le invade el culillo porque el destinatario se entere, de inmediato, de nuestros sentimientos; buscamos una confidente con la ilusión de que ella será quien entregue los pliegos reescritos decenas de veces con letra apretada y trepidante.
Zoé Valdés
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6/9/07
Promesas extremas
Estábamos frente a frente, despegados del mundo, de sus anomalías. Éramos dos estatuas vibrantes, sin más horizonte que nuestro amor:
– Nunca dejaré de quererte –le prometí.
Jamás pronuncié un “nunca” más sincero que aquél; sin embargo, no podía ser más absurdo. Tenía la petulancia de los “siempre”, de los “eternamente”, de los “para toda la vida…”. Yo no podía adivinar que a aquella edad las promesas extremas son siempre palabreos sin destino, voces que al menor tropiezo se estrellan contra el silencio.
Mercedes Salisachs
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5/9/07
Asustada
–No tienes ni idea de lo que es esto. No puedes ni imaginarlo. Crees que tienes todas las soluciones, ahí, seguro en Desrein, sin nada que temer. Para ti es fácil decir haz, ven, no pasa nada. Haré lo que me parezca.
–¿Qué quieres decir con eso?
–¿Tú qué crees?
También ella estaba asustada. No era aquello lo que quería decir. Ven, Rodrigo, ámame, no me dejes, no permitas que piense, consuélame, dime lo que necesito oír, tú debes saberlo, tú me conoces, tú me quieres. Pero a cambio dijo:
–No sé ni lo que digo. Te llamaré luego, Rodrigo.
Él colgó sin contestar, y no supo si le había llegado su disculpa.
–Rodrigo…
Entonces el mundo se desintegró definitivamente, y sintió lo que era vivir sin aire. Respiró muy profundamente, creyendo que se ahogaba. Dejó el auricular en su sitio y recorrió el pasillo con un dedo siguiendo la pared. Dudó por un momento. Cogió la chaqueta y las llaves.
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3/9/07
Vixilia
E por fin amaneceu deixándolle dúas voluminosas bolsas nos ollos como dúbidas da noite en vela, aquela en que navegara entre o pasado e o presente con desigual acerto, nesa realidade sen coordenadas espazo-temporais que era a súa vida.David durmía feito un nobelo cando ela entrou preparar o almorzo. Nin sequera durmindo conseguía calar e as palabras sonámbulas e inconexas rompían aquela mañanciña sen luz de choiva omnipresente. Quen souber o que amaba en soños. Alba tivo por enésima vez a tentación de bicalo e por enésima vez reprimiuse. Non sabía por qué, pero non podía facelo. Non podía e, non obstante, non sabía se o fixera durante a vixilia. Entre a realidade e o soño Entre a contención e o desexo. Bailando entre ambas as dúas mentiras.
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