Se detuvieron al mismo tiempo, para mirar y escuchar, y entonces ella le besó, posó los labios sobre su mejilla, muy cerca de la comisura de la boca y él, con una rapidez insólita, tomó la cabeza de la muchacha entre las manos y la desvió ligeramente, y ella se lo permitió, le franqueó la entrada a su propia boca y le devolvió aquel beso casual, frívolo, político, que él atesoraría durante años como uno de los momentos culminantes de su vida.
En su memoria, aquel instante llegaría a alcanzar la naturaleza débil y amarillenta de un pergamino finísimo, muy viejo y raído ya por los bordes, la morbosa condición de los recuerdos obsesivos, invocados cada día con frecuencia sistemática, deliberadamente desgajados del resto de la historia, del resto de todas las historias, porque dentro de su cabeza la escena siempre terminaría con aquel beso dulce y abrupto, él besando durante tanto tiempo a Teresa en medio de la acera, no había nada después, se negaba a recordar, a reconocer el resto.
19/4/08
Aquel beso dulce y abrupto
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6/4/08
Papá cuéntame otra vez
Esta canción va para ti, para los que estáis aquí, para los ausentes, por tantos años, por acercarme la certeza de que otro mundo es posible. Porque vosotros sabéis, como yo, que los que antes de ayer morían en Vietnam, ayer lo hacían en Bosnia y hoy lo hacen en Bagdad.
Canta conmigo Papá cuéntame otra vez.
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31/3/08
Mi madre
Mi madre vivió plenamente su tiempo, se dejó arrastrar por aquella corriente colectiva sin sospechar la inminente vorágine del precipicio. Habiendo crecido sin raíces sólidas la arrolló el ímpetu del torrente, no era un cauce, que podía verse embestido por la crecida y permanecer en su lugar, sino, en realidad, una humilde brizna de hierba, como decía en su poesía. El terrón en el que había nacido había caído en la corriente, obligándola a una navegación en solitario. Puede que ante el estruendo de la cascada, que al cabo de poco la arrojaría a lo desconocido, haya sentido nostalgia de esas raíces que nunca tuvo.
En el fondo, pensé, la estructura de un hombre no difiere mucho de la de un terreno cárstico: en superficie se suceden días, meses, años, siglos de un tiempo histórico en continua transformación -por encima de él pasan coches o carrozas, simples excursionitas o un ejército vencido-, pero por debajo la vida permanece intacta, siempre igual a sí misma. No existen variaciones de luz ni de temperatura en esas cavernas oscuras, no hay estaciones ni transformaciones, los urodelos chapotean felices tanto si llueve como si hace sol y las estalactitas continúan bajando hacia las estalagmitas como enamorados separados por una divinidad perversa. En ese mundo creado por el agua todo vive y se repite con un orden casi invariable. Así mi madre vivió con fervor los años de la revolución, para alcanzar ese sueño.
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27/3/08
Los hombres que me gustan
Los hombres que me gustan o, por mejor decir, los hombres que me pierden, reúnen todos ellos, que yo sepa, tres condiciones concretas. En primer lugar, son guapos: me avergüenza reconocerlo, pero es así. Segundo, son inteligentes: si el más guapo del mundo dice una necedad se convierte en un pedazo de carne sin sustancia. Y ahora viene el ingrediente fundamental, el tercer elemento que cierra el ciclo de la seducción como quien cierra un candado: son individuos con una patología emocional que les impide mostrar sus sentimientos. Esto es, son los tipos duros, fríos, reservados, ariscos, en quienes creo adivinar un interior formidable de ternura que no consigue encontrar la vía de salida. Yo siempre sueño con rescatarlos de ellos mismos, con liberar ese torrente de afecto clausurado. Pero eso nunca se logra. Y lo que es aún peor: sospecho que, si algún día uno de esos chicos duros llegara a mutarse en un individuo afable y cariñoso, lo más probable es que dejara de gustarme.
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26/3/08
Las aguas
Suena música en mi casa durante todo el día, pero cuando desciende la noche no puedo impedir que el lago, a veces enloquecido y otras sólo crepitante, se apodere de todo el sonido y me confunda con sus movimientos imaginarios. Creo descubrir en ocasiones que esas aguas tienen otra vocación, que no las hizo la Mano para permanecer estancadas, que se saben río, y mar, y rizo, y brisa, que se distraen de su dilatado destino jugando a ser lo que hoy no son pero tal vez fueron o quizá serán. Yo no las he visto bajo otra forma. Tampoco las veré, pues ya agonizo. Será ese lago sin duda lo último en mirarme, y lo único que ignoro es el aspecto con que sus aguas se me ofrecerán el día. Yo las prefiero como espejo empañado, cuando se muestran benévolas y sólo reproducen mis facciones difuminadas, sólo el contorno, la blanca mancha, lo esencial nada más, lo justo para reconocerme y poder, empero, contemplarme a voluntad como los muchos que fui, y los pocos que soy, y el esqueleto. Así las prefiero, pero su estatismo involuntario -tal vez impuesto- sólo sabe renegar de sí adquiriendo distintos rostros con la ayuda irreflexiva, indiferente y muda de la luna y el sol cambiantes.
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10/3/08
Carlos
"¿Ves como teño razón?", díxome Carlos. "Sodes unha familia chea de misterios", engadiu. Respondinlle: "Quizais por iso eu fun feliz, porque nunca quixen sabelo todo". Carlos sorriu e comentou: "Talvez teñas razón, Periquita, hai cousas que é mellor non sabelas". Díxenlle que non sabía a qué se estaba referindo en concreto, pero que desde había anos eu tiña a sensación de que sabía algo que non me quería dicir. Carlos seguía recostado no sillón de vimbio, cun vaso de whisky na man dereita e os ollos lixeiramente virados cara a lúa e as pernas cruzadas. Fixeime que non levaba calcetíns e que tiña os pés escuros, tostados polo sol, dunha cor lixeira que harmonizaba moi ben coa delicadeza da pel, unha suavidade case infantil, de melocotón, como se aínda conservase a carne que tiña cando era bebé. No dorso das mans, a pel semellaba distinta. Eran mans de home, fortes e duras, aquelas mans que cando dabamos unha volta na Harley-Davidson se convertían no centro dos meus ollos, como se o rostro de Carlos, que eu non podía ver desde a miña posición na parte de atrás da moto, se reflictise nelas e me devolvesen a imaxe firme da súa mandíbula, o poderío muscular do seu pescozo e aquela boca transparente, chea de inocencia, incapaz de mentir, incluso cando permanecía en silencio e soamente parecía estar pensando.
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9/3/08
Plaza Garibaldi
En el D.F., en México D.F., hay una plaza que se llama la Plaza Garibaldi. Está llena de mariachis, ¿saben? Uno se puede parar en un semáforo, bajar la ventanilla, unos mariachis se acercan y uno le pide una de Jose Alfredo y te la cantan por un módico precio. Es un disparate, la verdad. Pero la música se vive de forma apasionada. Hay un garito en la Plaza Garibaldi que se llama Tenampa. Es difícil mantener una conversación entre el estruendo de muchos mariachis cantando cada uno la suya. Y hay un tipo que se pasea entre las mesas con una batería y te ofrece los bornes de la batería para que los agarres, para recibir una descarga. Se llaman toquecitos, y la gente paga por eso. México es todo un disparate maravilloso y es normal que uno se enamore de esa ciudad casi a primera vista.
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4/3/08
Yo creía

Quizá fuera la muerte de mi antiguo profesor la que disparó el mecanismo de autodestrucción, no sé cuánto tuvo que ver el dolor de ver morir a José Merlo con la saña destructiva de un yo contra yo, pero sí sé que fue más o menos a aquella edad cuando la cosa se recrudeció. Yo elegí, sin saber siquiera que lo había elegido (y lo peor de todo es que las elecciones inconscientes son las únicas sinceras), matarme a base de copas haciendo honor al viejo dicho que reza alicantina, borracha y fina; y lo cierto es que si hubiera seguido al ritmo que llevaba, quizá hubiera recorrido un camino parecido al de José Merlo, sólo que en lugar de palmarla de un enfisema habría sucumbido a una cirrosis.
Yo creía que me lo pasaba bien navegando en un turbulento mar de alcohol que amainaba las heridas sin llegar nunca a puerto; creía de verdad que había algo de heroico en levantarme sudando ginebra y lágrimas al lado de un bulto sin identificar, con la resaca como una piedra atada a una soga que colgara de mi cuello y que me arrastrara hacia el fondo de unas sábanas extrañas y arrugadas de las que no podía despegarme.
Yo creía de verdad que cada copa era como una llave mágica capaz de abrir celdas interiores desde donde liberar sentimientos y recuerdos suprimidos; creía de verdad encontrar confesores discretos y solidarios en los compañeros de borrachera y refugio en las barras de los bares en las que mis dolores no tendrían que rendir exámenes ni explicar sus orígenes.
Yo creía, lo creía de verdad, que estaba salvada si me jugaba a los bares mis últimas fichas, creía en las letras de los tangos y en la mística de las barras, y así me convertí en la loca que busca en el licor que aturda la curda que al final ponga el punto final, el último golpe de gracia y talento a la función, corriéndole un telón al corazón, casi sin esperar a oír el último aplauso.
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28/2/08
Rendición razonable
Fue entonces cuando invocó la ceguera voluntaria que le había salvado tantas veces, cuando era un niño aún, y después, la ilusión de inconsciencia que latía tras su constante amor por Teresa, la convicción del pasatiempo inocente que había salvaguardado de sí mismo, de su propia lucidez, la descabellada correspondencia sostenida en otros tiempos, la falsa impasibilidad maquillada de mezquina solidaridad de clase que le había permitido seguir queriendo a su madre cuando despidió a Merche porque se había quedado embarazada a sólo dos meses de las vacaciones de verano. Entonces, mientras la miraba bailar y se obligaba a no perder los nervios, intentó salvarla, quedarse con ella, pero se estaba haciendo viejo, y el frío que le impulsara a recuperarla era cada vez más intenso, y ya no había margen para una rendición razonable.
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25/2/08
Alguien a quien quise mucho
Hace un par de semanas vi a Miguel. Iba en un taxi camino de casa de Silvio, y él esperaba el disco verde para cruzar la calle. Le miré durante unos segundos buscando dentro de mí alguna de las cosas que había sentido por él en un tiempo que no era tan lejano. No encontré nada, salvo un ramalazo de decepción, un poco de rencor y, por consiguiente, cierta dosis de la amargura que nos deja el tiempo que consideramos perdido.
No es eso lo que quiero sentir por Miguel. La próxima vez que le vea, me gustaría que hiciese en mí el mismo efecto que cualquier extraño. Llegará un día en el que no recuerde el color exacto de sus ojos, como hoy soy incapaz de recordar el tacto de su piel, y entonces sólo sentiré melancolía por todo lo que nos unió una vez y que no supimos conservar para siempre. Y dentro de muchos años, cuando yo tenga la edad de Silvio, quisiera que Miguel fuese un buen recuerdo distorsionado por la nostalgia, y pensar en él como alguien a quien quise mucho, que me hizo feliz durante un tiempo y que luego desapareció, como ocurre con buena parte de las personas y las cosas que nos hacen dichosos.
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20/2/08
Sino
Yo era por entonces, en aquellos años de incertidumbre, una de esas estudiantes vagas y feúchas, siempre vestidas de negro, cuya única verdadera ocupación parecía consistir en contemplar las cosas desde fuera. El paso del tiempo había dado con mis huesos en la ciudad de la luz, donde, sea dicho de paso, conocí a muchos perdedores y a algún que otro famoso de economía poco saneada. Siempre he creído que nosotros, los tímidos, los desapercibidos, los pobres de espíritu, estamos destinados a presenciar en silencio la vida de los otros.
Cuando yo llegué, París había dejado de ser una fiesta para convertirse en un enorme y esplendoroso vertedero. Casi todos veníamos a París huyendo: huíamos de nuestros países como quien huye de una ciénaga, el camino embarrado y previsible trazado por nuestra abuela, la trampa de miel de los afectos familiares. Huíamos de nuestras posibles vidas. Esa terquedad se me antoja ahora un síntoma de indefectible inocencia, de vanidad, de ignorancia. Pues todos acabamos sabiendo más tarde o más temprano que la rebeldía no es más que una pataleta vana en nuestro camino hacia la tumba. Que nuestro sino nos perseguirá adonde quiera que vayamos, espectro tembloroso del desencanto. Todas las ciudades son la misma ciudad. No es fácil hacer borrón y cuenta nueva.
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17/2/08
Salir a flote

Pero la vida es dura, ya lo sé. Ya sé que no sirve de nada aguantar hasta quince bajo el agua, quedarse hasta veinte con los peces de colores. El mundo ahí arriba sigue respirando y las tablas de surf surcan la superficie con la más absoluta indiferencia, y los niños gritan y los veraneantes de todo el mundo continúan su marcha, de local en local, sin detenerse a considerar la capacidad de mis pulmones, y al final da mucha pena perder un minuto más allí abajo, y la cabeza estalla por salir a flote y ver lo que pasa.
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9/2/08
De novios y de libros
Me he acostumbrado a ordenar los recuerdos de mi vida con un cómputo de novios y de libros. Las diversas parejas que he tenido y las obras que he publicado son los mojones que marcan mi memoria, convirtiendo el informe barullo del tiempo en algo organizado. «Ah, aquel viaje a Japón debió de ser en la época en la que estaba con J., poco después de escribir Te trataré como a una reina», me digo, e inmediatamente las reminiscencias de aquel período, las desgastadas pizcas del pasado, parecen colocarse en su lugar.
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3/2/08
Rezas
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31/1/08
Falso destino
¿Adónde ir si de la noche a la mañana se desea alcanzar lo incomparable, lo fabulosamente diverso? La cosa estaba clara. ¿Qué estaba haciendo allí? Se había equivocado. Era allí abajo adonde había querido ir. Y no tardó en enmendar el falso destino. A la semana y media de su llegada a la isla, entre las brumas matinales, una veloz lancha lo condujo, a él con su equipaje, al puerto militar, donde sólo bajó a tierra para subir acto seguido a una pasarela y pisar la húmeda cubierta de un barco que se disponía a zarpar rumbo a Venecia.
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20/1/08
Basta de príncipe azul
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14/1/08
Más sensibles
Las mujeres se han conquistado a sí mismas como sujetos sociales, produciendo una importante ruptura respecto a su rol exclusivo. Las posibilidades de elección se han ampliado para ellas, consecuentemente con la igualdad de oportunidades. No obstante, por el momento no hay tabla rasa. En la vida afectiva las mujeres son más sensibles que los hombres a las palabras, a las demostraciones de amor con sus decepciones y frustraciones. Como dice Charo Altable «las mujeres, cuando hablamos de amor, hablamos de nosotras mismas aun no queriendo, y los hombres no hablan de ellos aun no queriendo». También fantasean más y acusan a los hombres de protegerse, de huir, de no entregarse plenamente, aunque hay quien afirma que parte de la razón por la que se contempla a los hombres como menos amorosos es debido a que su comportamiento se mide por un rasero femenino.
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10/1/08
¡Pierde la cabeza!
¿Conoces a Joe Black?
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7/1/08
Los años
-Ya sé. Se tenga la edad que se tenga, los años siempre son un estorbo.
Luisa se enfrentó a los ojos eternos de Cósimo Herrera.
-Al contrario. Son la excusa que usamos para no hacer aquellas cosas de las que
no somos capaces.
Demasiado tarde él la entendió. De un sólo golpe lo comprendió todo. Luisa seguía frente a él, mirándole con el aire un poco suficiente del que sabe que ya lo tiene todo perdido, con el aire del que ya no puede esperar nada y aguarda sólo una reacción porque es demasiado tarde para obtener una respuesta. Él la miró también, buscando la forma de salir del desconcierto, y cada vez la veía con más claridad en sus preguntas, en sus dudas, en la plenitud dolorosa y lejana de sus veinte años. Hubiera querido decir algo, pero se dio cuenta de que ella no quería que dijera nada. Siguió mirándola mucho tiempo, vio como los ojos de Luisa se llenaban de lágrimas y cómo ella no hacía nada por disimular que estaba llorando. Hubiera podido quedarse contra la pared, hubiera podido marcharse balbuceando un adiós y dejarle, solo y perplejo, con sus libros y las cuatro paredes de aquella casa, pero Luisa del Amo no lo hizo. Se quedó allí, rindiéndole sus armas, haciéndole testigo de aquella claudicación en la hora final, revelando el secreto que había guardado para sí todos aquellos meses, y Cósimo Herrera descubrió entonces cuánto valor había en cada una de aquellas lágrimas.
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5/1/08
Una artista
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3/1/08
Personalidades peculiares
Cuando era más joven y más vulnerable, mi padre me dio un consejo en el que no he dejado de pensar desde entonces.
«Siempre que sientas deseos de criticar a alguien», me dijo, «recuerda que no a todo el mundo se le han dado tantas facilidades como a ti».
Eso fue lo único que dijo, pero como siempre nos lo hemos contado todo sin renunciar por ello a la discreción, comprendí que su frase encerraba un significado más amplio. El resultado es que tiendo a no juzgar a nadie, costumbre que ha hecho que me relacione con muchas personas interesantes y me ha convertido también en víctima de bastantes pelmazos inveterados. Las personalidades peculiares descubren en seguida esa cualidad y se aferran a ella cuando la encuentran en un ser humano normal.
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25/12/07
Las 13 Rosas

Cárcel de Ventas, hotel maravilloso,
donde se come y se vive a tó confort.
Donde no hay ni cama ni reposo
Y en los infiernos se está mucho mejor.
Hay colas hasta en los retretes,
rico cemento dan por pan,
lentejas único alimento.
Un plato al día te darán.
Lujoso baldosín
tenemos por colchón.
Y al despertar tenemos desecho un riñón.
Adiós, madre querida, adiós para siempre.
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16/12/07
Temos catarro
-Quedamos?
-Vale. Sabes que botei moza?
-Non me digas.
-Si. Chámase Alba e temos catarro.
Ceamos xuntos na súa casa, conteille os pormenores da miña historia de amor e mocos e alegrouse moito ao verme tan contento, pero decateimente de que me miraba dun xeito estraño, coma se estivese sangrando electrodos polas pupilas. Pasara longos meses en tensión dándolle a entender que sempre estaría disposto como e cando ela quixese, pero por primeira vez sentíame relaxado, sen a obriga de descifrala.
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10/12/07
Cómo molo
Cuando ayer por la mañana me miraba en el espejo de mi madre con el bañador nuevo, pensaba:
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3/12/07
Nuevos Tiempos
Un rumor de tormenta y mar recorre México. Un rumor que se extiende por todo el planeta. Un rumor que nos trae un poco de calor, que deshace los copos de nieve que nos llenan de canas. El subcomandante Marcos y su gente marchan a México DF. La gente los aclama y recuerda a Zapata. Lanzan vivas al EZLN.
Un fantasma recorre el mundo. El de una sensibilidad nueva que demanda más justicia para los que siempre pierden. En Seattle un terremoto que en El Salvador mataba a cientos de personas, que derrumbaba muros y almas dejando el país como un solar lleno de heridas, provoca la muerte de una única persona. Un hombre muere en Seattle de un infarto por un terremoto. En El Salvador buscan supervivientes entre los amasijos de ladrillo y metal y se han apagado todas las luces. Por el mismo terremoto.
Por eso en Porto Alegre inventan nuevas fórmulas para repartir mejor la felicidad y los presupuestos. Por eso Bové con su bigote de Asterix sale a la calle con sus tractores y sus motores suenan igual que el del autobús de Marcos. Por eso en las cumbres del FMI sus altos ejecutivos sudan bajo los trajes azules. Oyen el rumor de la batalla, el choque de los escudos de la policía de Praga. Vienen nuevos tiempos. Estoy seguro.
Un fantasma recorre el planeta. Mientras te vas a la compra y me dejes el corazón como una cama deshecha algo nuevo se va tramando. Mientras la gente araña el parabrisas para quitarse el hielo y los bostezos, el sub sonríe debajo del pasamontañas. Mientras los relojes de arena hacen crecer los desiertos un rumor de batir de alas y espuma se acerca al DF. Aquí hace frío y la gente llega tarde al trabajo. No digas que todo está en silencio. Di simplemente que no oyes.
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