2/6/08

Javier

Removía pensativa el poco café que aún contenía su taza, como resistiéndose a dar el sorbo definitivo. Había quedado con él en su casa y estaba extremadamente nerviosa, pasaban cinco minutos de la hora fijada y parecía que el timbre no iba a sonar nunca.

Los bártulos se amontonaban al lado del sofá: dos cajas que acumulaban los retazos de un pasado tejido al unísono. Miró el reloj y se cercioró de que ya no eran cinco, sino ocho los minutos de espera. Así que se apartó del mesado, posó el café ya frío e insípido en el fregadero y se acercó a una de las cajas para echar una ojeada y no pensar. Entonces vio la carpeta de cuero negro y el estuche. Javier era un maniático, revisaba constantemente sus exposiciones, repasaba cada afirmación mudando las pausas, buscaba los fallos que nadie, excepto él, podría advertir. Rara vez dejaba un escrito tal y como lo había concebido en su génesis y solía consultar con ella qué palabra o qué expresión era la más acertada. Vivía volcado en el trabajo, pero eso jamás le había impedido dedicarle tiempo a su vida personal, a ella. Decía que compartir el conocimiento era uno de los grandes tesoros del hombre contemporáneo. Y ella lo admiraba, porque había aprendido de él, porque Javier la había tratado como a un igual, porque se había preocupado de que el amor que sentía por ella no la menguase, que la ayudase a crecer.
La carpeta era su primer regalo. Recordó cuánto le había costado encontrar el obsequio apropiado para un profesor de universidad convertido en amante. Sabía lo mucho que le gustaba a Javier la música clásica, pero pensó que un disco era demasiado impersonal y que aventurarse a regalarle entradas conjuntas para un concierto podría ser interpretado como un modo de afianzar la relación o algún otro malentendido que deseaba evitar. Con lo que atendió a la lógica y optó por el archivador más exquisito de todo el centro comercial. Por supuesto, Javier no lo llevaba a clase, pero sí que lo empleaba para guardar sus notas y las ponencias que redactaba. Ella había asistido a varias de sus charlas, a algunas como acompañante y a otras como alumna de la universidad. La verdad es que Javier era un buen conferenciante. Su oratoria no resultaba pesada y el tono era amigable y cercano. A ella le encantaba notar la intensidad que aplicaba en cada golpe de voz y comprobar cómo el mismo entusiasmo se reflejaba en su gesto. Y no sólo eso, también era un magnífico profesor. Sus explicaciones eran claras, lo cual facilitaba abundantemente el estudio de la asignatura, y no mostraba impedimentos a la hora de atender cualquier duda. Fue esa accesibilidad la que les concedió la oportunidad de conocerse más allá del protocolo académico.
¿Que si había pensado que aquello era una locura? ¡Claro que lo había pensado! Millones de veces. Pero se merecían la felicidad que habían compartido durante tres años. Después de todo, ella destacaba por su madurez, por su forma peculiar de ver la vida, y él no se parecía en nada a sus congéneres. Ambos disfrutaron de su compañía, de lo que se confesaban, de lo que suponían descifrar del otro. No, no había nada malo en quererse como lo habían hecho. Javier era un hombre sensato que no habría estado dispuesto a perder el tiempo si hubiese sabido que aquello no les llevaba a ninguna parte. Y ella no se habría enamorado de buenas a primeras.
Volvió a mirar el reloj y se percató de que había pasado media hora más. La espera la estaba matando. ¿Y si no venía? Eso sería absurdo. Las cosas eran suyas y Javier la había llamado por la mañana para recuperarlas. A lo mejor se lo había pensado y había decidido no acudir a la cita, llamar de un momento a otro para posponerla y evitar el mal trago por un par de días. O quizás prefería que siguiesen en su casa para mantener la esperanza de una reconciliación. Quizás Javier aún la quería y todo aquel trance le dolía tanto como a ella. Se habían enseñado demasiado el uno al otro, lo suyo no podía, no debía terminar de ese modo. Porque ella amaba a Javier, amaba sus manos, tan sabias y tan protectoras, amaba las arrugas de su frente, amaba sus camisas, amaba su caligrafía, amaba la curva que su sonrisa le dibujaba en las mejillas. Javier no era su pasado, seguía siendo su presente. Ella era Javier, y lo sería siempre. Javier. Javier... Y, haciéndose un hueco en la habitación, el sonido del telefonillo la sacó de sus pensamientos.

26/5/08

Un pecado original

Si fuera a Religión, tendría que confesar al cura un pecado original que cometí el otro día. Pero como voy a Ética, sólo te lo voy a contar a ti, que me has caído bien, y a media España, que también me ha caído bien, porque yo no soy de los que van por la calle preguntando: "Oiga, perdone, ¿es usted cura? ¿Me quiere confesar un pecado bastante original?"

La gente me tomaría por loco: unos dirían: "Anda, vete, salmonete", y otros saldrían corriendo despavoridos. Mi madre me apuntó a Ética para ver si aprendía un poco de educación, que falta me hace: "Por lo menos que hagas menos ruido mientras comes, hijo mío."

Mi abuelo sí que hace ruido, pero como los dientes que lleva no son suyos sino que son del Alcampo, pues todo el mundo le disculpa. De todas maneras, lo único que nos enseña la sita Asunción en Ética es repetirnos mil veces que, como sigamos siendo ese pedazo de bestias que somos, al bajar al patio acabaremos siendo unos delincuentes. Pero eso no es nada nuevo, eso nos lo dice a todas horas, hasta en Matemáticas, hasta en sueños me lo dice esa mujer despiadada.

Elvira Lindo

19/5/08

Dobles


Hace algunos años conocí a mi doble. Lo cierto es que no recuerdo su nombre, pero éramos igualitas. Incluso el que por entonces decía ser mi novio pasaba más tiempo con ella que conmigo. Tanto, tanto, tanto nos parecíamos, que un buen día nos dejó a las dos y se marchó con otra.

8/5/08

La melancolía

Blanca creyó que había pasado el verano sin quemarse; pero al poco tiempo de regresar a Desrein la atrapó la melancolía. Recordaba a John cada vez que veía fumar a un hombre, a cada paso que daba. Reconstruyó con primor los primeros encuentros, las primeras frases que habían cruzado en clase, cuando ella se aburría y se dedicaba a perseguir musarañas.

Con Elsa no sabía hablar de otra cosa, y analizaba hasta el hastío su comportamiento. ¿Se había dejado llevar por la pasión, o había podido el afán de derrotarle en el campo que Blanca mejor conocía? ¿Sería él sincero en sus últimas palabras de amor? ¿Perdería el interés si Blanca hacía lo imposible por continuar la relación?

-Fui una estúpida -se lamentaba-. ¿Quién me mandaría mostrarme tan engreída? ¿Sabes que le dejé plantado más de una vez? -Se reía-. ¡Qué boba soy! Debería haber aprovechado todos los momentos en los que podíamos estar juntos.

Cuando no pudo más, fue a comprobar si le habían llegado cartas al piso de estudiantes. Habían llegado.

Espido Freire

22/4/08

Un dólar a cambio dun colar


Olláchesme detidamente, analizando todos e cada un dos trazos do meu rostro de marusías. Pousaches as pupilas nas miñas patas de galo, no estertor dos ollos, na fumegante rabia do balbordo de mil terminais e ningún destino definitivo. Detivécheste no rosmar da pel, no canso movemento dos brazos, nos exiguos saúdos de ducias de epidermes mortas. Viches como achegaba os pés á auga con sorpresa, como deixaba que os dedos naufragasen nos restos de coral e como enxerguei ao horizonte na procura do silencio. Soñaches cun dólar a cambio dun colar de pedras tan laranxas como as túnicas dos monxes que encontrara no mercado. E a túa esperanza converteuse en decepción ao comprobares media ducia de corais rabuñando o meu colo, os meus pulsos e os meus dedos enrabechados polo sol. Tentei dicirche que xa tiña abondo, que non podía mercar máis alfaias, que acababa de chegar, que o tempo se me escapaba, que só necesitaba ollar o mar e, talvez, esquecer por que fuxira ata tan lonxe. Por que o Mar de Andaman ía ter comigo a indulxencia que non tivera o Atlántico. Ti non afastaches eses ollos indonesios –metade conquista portuguesa metade imperio chinés- do meu fociño pelado e estendiches a man coas túas pedras coloreadas. A min sobrábame e a ti faltábache pero a linguaxe enguedellou as nosas intencións.

Entón, a onda varreu as nosas preguntas sen resposta. Enxergounos de lonxe, dende o abismo das incomprensións e cabalgou ruidosamente nunha carreira desbocada en torno aos nosos fracasos. Envolveunos nunha loita frenética por tronzar o que un día foramos. Pero tivemos sorte, o instinto quixo salvarnos a nós sen admitir incongruencias. E arrastramos o noso susto, a nosa rabia, o noso desasosego a través dun areal tronzado de palmeiras e barcos de despece, esquivando corpos derretidos polas brasas dun volcán de auga e barro. Entón, só entón, ofrecinche toda a miña nada. A cambio dun colar de corais houben pagar ducias de desvelos, un insomnio tormentoso que me persegue dende aquela corrente, esta gran marea de furia que me remexe os miolos. Logo de que todo pasou, a penas dez minutos despois xa alguén deletreaba o meu nome no hotel cando ninguén preguntaba nin preguntaría por ti nesa que era a túa casa e para min unha brincadeira. E marchei co posto, cun único instante para fitar as túas perlas negras chorosas dende o cristal do autobús que me levaba ao aeroporto. Deixeite alí, rodeada de lama e refugallos, un rostro infantil sen identidade que vagaría polos arrabaldes da que un día fora a túa aldea e o meu descanso. Do que hoxe é a túa reconstrución e o meu pesadelo. Este pesadelo continuo nas noites en que abrazo a almofada e aínda me sabe ao ferruxe daquel coche á deriva que nos salvou. Ou que nos matou para sempre.

Rosa Aneiros

19/4/08

Aquel beso dulce y abrupto

Se detuvieron al mismo tiempo, para mirar y escuchar, y entonces ella le besó, posó los labios sobre su mejilla, muy cerca de la comisura de la boca y él, con una rapidez insólita, tomó la cabeza de la muchacha entre las manos y la desvió ligeramente, y ella se lo permitió, le franqueó la entrada a su propia boca y le devolvió aquel beso casual, frívolo, político, que él atesoraría durante años como uno de los momentos culminantes de su vida.

En su memoria, aquel instante llegaría a alcanzar la naturaleza débil y amarillenta de un pergamino finísimo, muy viejo y raído ya por los bordes, la morbosa condición de los recuerdos obsesivos, invocados cada día con frecuencia sistemática, deliberadamente desgajados del resto de la historia, del resto de todas las historias, porque dentro de su cabeza la escena siempre terminaría con aquel beso dulce y abrupto, él besando durante tanto tiempo a Teresa en medio de la acera, no había nada después, se negaba a recordar, a reconocer el resto.

Almudena Grandes

6/4/08

Papá cuéntame otra vez

Esta canción va para ti, para los que estáis aquí, para los ausentes, por tantos años, por acercarme la certeza de que otro mundo es posible. Porque vosotros sabéis, como yo, que los que antes de ayer morían en Vietnam, ayer lo hacían en Bosnia y hoy lo hacen en Bagdad.

Canta conmigo Papá cuéntame otra vez.

Ismael Serrano

31/3/08

Mi madre

Mi madre vivió plenamente su tiempo, se dejó arrastrar por aquella corriente colectiva sin sospechar la inminente vorágine del precipicio. Habiendo crecido sin raíces sólidas la arrolló el ímpetu del torrente, no era un cauce, que podía verse embestido por la crecida y permanecer en su lugar, sino, en realidad, una humilde brizna de hierba, como decía en su poesía. El terrón en el que había nacido había caído en la corriente, obligándola a una navegación en solitario. Puede que ante el estruendo de la cascada, que al cabo de poco la arrojaría a lo desconocido, haya sentido nostalgia de esas raíces que nunca tuvo.

En el fondo, pensé, la estructura de un hombre no difiere mucho de la de un terreno cárstico: en superficie se suceden días, meses, años, siglos de un tiempo histórico en continua transformación -por encima de él pasan coches o carrozas, simples excursionitas o un ejército vencido-, pero por debajo la vida permanece intacta, siempre igual a sí misma. No existen variaciones de luz ni de temperatura en esas cavernas oscuras, no hay estaciones ni transformaciones, los urodelos chapotean felices tanto si llueve como si hace sol y las estalactitas continúan bajando hacia las estalagmitas como enamorados separados por una divinidad perversa. En ese mundo creado por el agua todo vive y se repite con un orden casi invariable. Así mi madre vivió con fervor los años de la revolución, para alcanzar ese sueño.

Susanna Tamaro

27/3/08

Los hombres que me gustan

Los hombres que me gustan o, por mejor decir, los hombres que me pierden, reúnen todos ellos, que yo sepa, tres condiciones concretas. En primer lugar, son guapos: me avergüenza reconocerlo, pero es así. Segundo, son inteligentes: si el más guapo del mundo dice una necedad se convierte en un pedazo de carne sin sustancia. Y ahora viene el ingrediente fundamental, el tercer elemento que cierra el ciclo de la seducción como quien cierra un candado: son individuos con una patología emocional que les impide mostrar sus sentimientos. Esto es, son los tipos duros, fríos, reservados, ariscos, en quienes creo adivinar un interior formidable de ternura que no consigue encontrar la vía de salida. Yo siempre sueño con rescatarlos de ellos mismos, con liberar ese torrente de afecto clausurado. Pero eso nunca se logra. Y lo que es aún peor: sospecho que, si algún día uno de esos chicos duros llegara a mutarse en un individuo afable y cariñoso, lo más probable es que dejara de gustarme.

Rosa Montero

26/3/08

Las aguas

Suena música en mi casa durante todo el día, pero cuando desciende la noche no puedo impedir que el lago, a veces enloquecido y otras sólo crepitante, se apodere de todo el sonido y me confunda con sus movimientos imaginarios. Creo descubrir en ocasiones que esas aguas tienen otra vocación, que no las hizo la Mano para permanecer estancadas, que se saben río, y mar, y rizo, y brisa, que se distraen de su dilatado destino jugando a ser lo que hoy no son pero tal vez fueron o quizá serán. Yo no las he visto bajo otra forma. Tampoco las veré, pues ya agonizo. Será ese lago sin duda lo último en mirarme, y lo único que ignoro es el aspecto con que sus aguas se me ofrecerán el día. Yo las prefiero como espejo empañado, cuando se muestran benévolas y sólo reproducen mis facciones difuminadas, sólo el contorno, la blanca mancha, lo esencial nada más, lo justo para reconocerme y poder, empero, contemplarme a voluntad como los muchos que fui, y los pocos que soy, y el esqueleto. Así las prefiero, pero su estatismo involuntario -tal vez impuesto- sólo sabe renegar de sí adquiriendo distintos rostros con la ayuda irreflexiva, indiferente y muda de la luna y el sol cambiantes.

Javier Marías

10/3/08

Carlos

"¿Ves como teño razón?", díxome Carlos. "Sodes unha familia chea de misterios", engadiu. Respondinlle: "Quizais por iso eu fun feliz, porque nunca quixen sabelo todo". Carlos sorriu e comentou: "Talvez teñas razón, Periquita, hai cousas que é mellor non sabelas". Díxenlle que non sabía a qué se estaba referindo en concreto, pero que desde había anos eu tiña a sensación de que sabía algo que non me quería dicir. Carlos seguía recostado no sillón de vimbio, cun vaso de whisky na man dereita e os ollos lixeiramente virados cara a lúa e as pernas cruzadas. Fixeime que non levaba calcetíns e que tiña os pés escuros, tostados polo sol, dunha cor lixeira que harmonizaba moi ben coa delicadeza da pel, unha suavidade case infantil, de melocotón, como se aínda conservase a carne que tiña cando era bebé. No dorso das mans, a pel semellaba distinta. Eran mans de home, fortes e duras, aquelas mans que cando dabamos unha volta na Harley-Davidson se convertían no centro dos meus ollos, como se o rostro de Carlos, que eu non podía ver desde a miña posición na parte de atrás da moto, se reflictise nelas e me devolvesen a imaxe firme da súa mandíbula, o poderío muscular do seu pescozo e aquela boca transparente, chea de inocencia, incapaz de mentir, incluso cando permanecía en silencio e soamente parecía estar pensando.

Carlos Casares

9/3/08

Plaza Garibaldi

En el D.F., en México D.F., hay una plaza que se llama la Plaza Garibaldi. Está llena de mariachis, ¿saben? Uno se puede parar en un semáforo, bajar la ventanilla, unos mariachis se acercan y uno le pide una de Jose Alfredo y te la cantan por un módico precio. Es un disparate, la verdad. Pero la música se vive de forma apasionada. Hay un garito en la Plaza Garibaldi que se llama Tenampa. Es difícil mantener una conversación entre el estruendo de muchos mariachis cantando cada uno la suya. Y hay un tipo que se pasea entre las mesas con una batería y te ofrece los bornes de la batería para que los agarres, para recibir una descarga. Se llaman toquecitos, y la gente paga por eso. México es todo un disparate maravilloso y es normal que uno se enamore de esa ciudad casi a primera vista.

Ismael Serrano

4/3/08

Yo creía


Quizá fuera la muerte de mi antiguo profesor la que disparó el mecanismo de autodestrucción, no sé cuánto tuvo que ver el dolor de ver morir a José Merlo con la saña destructiva de un yo contra yo, pero sí sé que fue más o menos a aquella edad cuando la cosa se recrudeció. Yo elegí, sin saber siquiera que lo había elegido (y lo peor de todo es que las elecciones inconscientes son las únicas sinceras), matarme a base de copas haciendo honor al viejo dicho que reza alicantina, borracha y fina; y lo cierto es que si hubiera seguido al ritmo que llevaba, quizá hubiera recorrido un camino parecido al de José Merlo, sólo que en lugar de palmarla de un enfisema habría sucumbido a una cirrosis.

Yo creía que me lo pasaba bien navegando en un turbulento mar de alcohol que amainaba las heridas sin llegar nunca a puerto; creía de verdad que había algo de heroico en levantarme sudando ginebra y lágrimas al lado de un bulto sin identificar, con la resaca como una piedra atada a una soga que colgara de mi cuello y que me arrastrara hacia el fondo de unas sábanas extrañas y arrugadas de las que no podía despegarme.

Yo creía de verdad que cada copa era como una llave mágica capaz de abrir celdas interiores desde donde liberar sentimientos y recuerdos suprimidos; creía de verdad encontrar confesores discretos y solidarios en los compañeros de borrachera y refugio en las barras de los bares en las que mis dolores no tendrían que rendir exámenes ni explicar sus orígenes.

Yo creía, lo creía de verdad, que estaba salvada si me jugaba a los bares mis últimas fichas, creía en las letras de los tangos y en la mística de las barras, y así me convertí en la loca que busca en el licor que aturda la curda que al final ponga el punto final, el último golpe de gracia y talento a la función, corriéndole un telón al corazón, casi sin esperar a oír el último aplauso.

Lucía Etxebarria

28/2/08

Rendición razonable

Fue entonces cuando invocó la ceguera voluntaria que le había salvado tantas veces, cuando era un niño aún, y después, la ilusión de inconsciencia que latía tras su constante amor por Teresa, la convicción del pasatiempo inocente que había salvaguardado de sí mismo, de su propia lucidez, la descabellada correspondencia sostenida en otros tiempos, la falsa impasibilidad maquillada de mezquina solidaridad de clase que le había permitido seguir queriendo a su madre cuando despidió a Merche porque se había quedado embarazada a sólo dos meses de las vacaciones de verano. Entonces, mientras la miraba bailar y se obligaba a no perder los nervios, intentó salvarla, quedarse con ella, pero se estaba haciendo viejo, y el frío que le impulsara a recuperarla era cada vez más intenso, y ya no había margen para una rendición razonable.

Almudena Grandes

25/2/08

Alguien a quien quise mucho

Hace un par de semanas vi a Miguel. Iba en un taxi camino de casa de Silvio, y él esperaba el disco verde para cruzar la calle. Le miré durante unos segundos buscando dentro de mí alguna de las cosas que había sentido por él en un tiempo que no era tan lejano. No encontré nada, salvo un ramalazo de decepción, un poco de rencor y, por consiguiente, cierta dosis de la amargura que nos deja el tiempo que consideramos perdido.

No es eso lo que quiero sentir por Miguel. La próxima vez que le vea, me gustaría que hiciese en mí el mismo efecto que cualquier extraño. Llegará un día en el que no recuerde el color exacto de sus ojos, como hoy soy incapaz de recordar el tacto de su piel, y entonces sólo sentiré melancolía por todo lo que nos unió una vez y que no supimos conservar para siempre. Y dentro de muchos años, cuando yo tenga la edad de Silvio, quisiera que Miguel fuese un buen recuerdo distorsionado por la nostalgia, y pensar en él como alguien a quien quise mucho, que me hizo feliz durante un tiempo y que luego desapareció, como ocurre con buena parte de las personas y las cosas que nos hacen dichosos.

Marta Rivera de la Cruz

20/2/08

Sino

Yo era por entonces, en aquellos años de incertidumbre, una de esas estudiantes vagas y feúchas, siempre vestidas de negro, cuya única verdadera ocupación parecía consistir en contemplar las cosas desde fuera. El paso del tiempo había dado con mis huesos en la ciudad de la luz, donde, sea dicho de paso, conocí a muchos perdedores y a algún que otro famoso de economía poco saneada. Siempre he creído que nosotros, los tímidos, los desapercibidos, los pobres de espíritu, estamos destinados a presenciar en silencio la vida de los otros.

Cuando yo llegué, París había dejado de ser una fiesta para convertirse en un enorme y esplendoroso vertedero. Casi todos veníamos a París huyendo: huíamos de nuestros países como quien huye de una ciénaga, el camino embarrado y previsible trazado por nuestra abuela, la trampa de miel de los afectos familiares. Huíamos de nuestras posibles vidas. Esa terquedad se me antoja ahora un síntoma de indefectible inocencia, de vanidad, de ignorancia. Pues todos acabamos sabiendo más tarde o más temprano que la rebeldía no es más que una pataleta vana en nuestro camino hacia la tumba. Que nuestro sino nos perseguirá adonde quiera que vayamos, espectro tembloroso del desencanto. Todas las ciudades son la misma ciudad. No es fácil hacer borrón y cuenta nueva.

Blanca Riestra

17/2/08

Salir a flote


Pero la vida es dura, ya lo sé. Ya sé que no sirve de nada aguantar hasta quince bajo el agua, quedarse hasta veinte con los peces de colores. El mundo ahí arriba sigue respirando y las tablas de surf surcan la superficie con la más absoluta indiferencia, y los niños gritan y los veraneantes de todo el mundo continúan su marcha, de local en local, sin detenerse a considerar la capacidad de mis pulmones, y al final da mucha pena perder un minuto más allí abajo, y la cabeza estalla por salir a flote y ver lo que pasa.

Luisa Castro

9/2/08

De novios y de libros

Me he acostumbrado a ordenar los recuerdos de mi vida con un cómputo de novios y de libros. Las diversas parejas que he tenido y las obras que he publicado son los mojones que marcan mi memoria, convirtiendo el informe barullo del tiempo en algo organizado. «Ah, aquel viaje a Japón debió de ser en la época en la que estaba con J., poco después de escribir Te trataré como a una reina», me digo, e inmediatamente las reminiscencias de aquel período, las desgastadas pizcas del pasado, parecen colocarse en su lugar.

Rosa Montero

3/2/08

Rezas

Rezas para que esta sea tu vida sin ti. Rezas para que las niñas quieran a esta mujer que se llama como tú y para que tu marido acabe por quererla. Para que vivan en la casa de al lado y las niñas usen el remolque para jugar a las muñecas y apenas recuerden a su madre que dormía de día y las llevaba de viaje en canoa. Rezas para que tengan momentos de felicidad tan intensos que cualquier pena parezca pequeña a su lado. Rezas a no sabes qué ni a quién, pero rezas, y no sientes nostalgia por la vida que no tendrás, porque para entonces habrás muerto, y los muertos no sienten nada. Ni siquiera nostalgia.
Isabel Coixet

31/1/08

Falso destino

¿Adónde ir si de la noche a la mañana se desea alcanzar lo incomparable, lo fabulosamente diverso? La cosa estaba clara. ¿Qué estaba haciendo allí? Se había equivocado. Era allí abajo adonde había querido ir. Y no tardó en enmendar el falso destino. A la semana y media de su llegada a la isla, entre las brumas matinales, una veloz lancha lo condujo, a él con su equipaje, al puerto militar, donde sólo bajó a tierra para subir acto seguido a una pasarela y pisar la húmeda cubierta de un barco que se disponía a zarpar rumbo a Venecia.

Thomas Mann

20/1/08

Basta de príncipe azul


Tengo una amiga que ha elaborado una original teoría sobre las relaciones personales. Según ella, cometemos el error de intentar encontrar nuestra media naranja –quimera cada vez más inalcanzable–, cuando lo que debemos procurarnos es el monstruo de Frankenstein. Dicho así suena friky, pero la teoría tiene su punto, de modo que voy a intentar explicarla. Mi amiga dice que nos pasamos la vida soñando con la persona perfecta, esa con la que compartir todas las parcelas de la vida: el sexo, las aficiones, los proyectos, que además sea nuestra mejor consejera y nuestro paño de lágrimas cuando vengan mal dadas. Lo malo es que tal dechado de virtudes no existe; pues el que es una fiera en la cama es también un ojo alegre que corre detrás de todo lo que lleve faldas. Aquel que parece nuestra alma gemela, porque le gusta tanto Oscar Wilde como Pink Floyd, es un vago de siete suelas al que le molesta nuestro éxito profesional. Y, por fin, el santo que aguanta todas nuestras neuras, nos ama con indesmayable pasión y mataría por nosotros es más aburrido que chupar un clavo y soporífero como el Valium. «Seamos realistas –dice mi amiga–, esto es lo que hay y más vale no hacerse películas. Para colmo, resulta que la mayoría de nosotras/os (la teoría es válida para hombres y mujeres) sabe todo esto de sobra, pero ahí es donde entra el `engaño Stendhal´.» «¿Y qué es eso?», pregunté yo, interesadísima. «Ya sabes», respondió mi amiga. «La inefable teoría de la cristalización. Dice Stendhal que cuando uno se enamora, se produce el mismo fenómeno que cuando se arroja un tronco seco a una mina de sal. La sal recama el tronco de bellísimos cristales que nos hacen ver como una joya lo que no es más que una rama vieja. Pasado el enamoramiento, se acaba la cristalización y volvemos a ver el tronco tal como es. En otras palabras, la persona que amamos no tiene ni la mitad de las virtudes que le atribuimos y más pronto que tarde empiezan a notarse sus carencias. A medida que nos vamos haciendo viejos, afortunadamente, seguimos enamorándonos, pero ya sabemos que todo es una idealización, de modo que cada vez resulta más difícil encontrar alguien potable. Entonces es cuando se hace necesario recurrir al doctor Frankestein.» Acto seguido, me explicó que la solución es crear un monstruo con trozos de personas hasta formar la media naranja ideal. «Evidentemente no se trata de descuartizar a nadie, sino de procurarse una persona como pareja estable, otra con quien compartir inquietudes intelectuales, una tercera para las confidencias más íntimas y hasta una cuarta para la cama, si es menester. Además, con este sistema se acabaron las neuras existenciales porque lo que no te da uno te lo da otro, ¿comprendes?»

Carmen Posadas

14/1/08

Más sensibles

Las mujeres se han conquistado a sí mismas como sujetos sociales, produciendo una importante ruptura respecto a su rol exclusivo. Las posibilidades de elección se han ampliado para ellas, consecuentemente con la igualdad de oportunidades. No obstante, por el momento no hay tabla rasa. En la vida afectiva las mujeres son más sensibles que los hombres a las palabras, a las demostraciones de amor con sus decepciones y frustraciones. Como dice Charo Altable «las mujeres, cuando hablamos de amor, hablamos de nosotras mismas aun no queriendo, y los hombres no hablan de ellos aun no queriendo». También fantasean más y acusan a los hombres de protegerse, de huir, de no entregarse plenamente, aunque hay quien afirma que parte de la razón por la que se contempla a los hombres como menos amorosos es debido a que su comportamiento se mide por un rasero femenino.

Carmen Alborch

10/1/08

¡Pierde la cabeza!

El amor es pasión, obsesión, no poder vivir sin alguien. ¡Pierde la cabeza! Encuentra a alguien a quien amar como loca y que te ame de igual manera. ¿Cómo encontrarlo?, pues... olvida el intelecto y escucha al corazón. No oigo ese corazón. Porque lo cierto es que vivir sin eso no tiene sentido alguno. Llegar a viejo sin haberse enamorado de verdad, en fin, es como no haber vivido. Tienes que intentarlo porque si no lo intentas, no habrás vivido.

¿Conoces a Joe Black?

7/1/08

Los años

-Ya sé. Se tenga la edad que se tenga, los años siempre son un estorbo.

Luisa se enfrentó a los ojos eternos de Cósimo Herrera.
-Al contrario. Son la excusa que usamos para no hacer aquellas cosas de las que
no somos capaces.

Demasiado tarde él la entendió. De un sólo golpe lo comprendió todo. Luisa seguía frente a él, mirándole con el aire un poco suficiente del que sabe que ya lo tiene todo perdido, con el aire del que ya no puede esperar nada y aguarda sólo una reacción porque es demasiado tarde para obtener una respuesta. Él la miró también, buscando la forma de salir del desconcierto, y cada vez la veía con más claridad en sus preguntas, en sus dudas, en la plenitud dolorosa y lejana de sus veinte años. Hubiera querido decir algo, pero se dio cuenta de que ella no quería que dijera nada. Siguió mirándola mucho tiempo, vio como los ojos de Luisa se llenaban de lágrimas y cómo ella no hacía nada por disimular que estaba llorando. Hubiera podido quedarse contra la pared, hubiera podido marcharse balbuceando un adiós y dejarle, solo y perplejo, con sus libros y las cuatro paredes de aquella casa, pero Luisa del Amo no lo hizo. Se quedó allí, rindiéndole sus armas, haciéndole testigo de aquella claudicación en la hora final, revelando el secreto que había guardado para sí todos aquellos meses, y Cósimo Herrera descubrió entonces cuánto valor había en cada una de aquellas lágrimas.

Marta Rivera de la Cruz

5/1/08

Una artista


Nadie mentía como Blanca, nadie poseía el don de convertir en fascinante una historia con la habilidad con la que ella lo hacía. Cualquier cosa, la que fuera, se convertía en nueva en sus labios. Sabía pedir prendas y buenos precios a cambio de las historias, y las empleaba con destreza como armas de seducción.

Blanca había sido una artista en el sentido más habitual de la palabra. Ella sí vestía de negro, buscaba collares hechos con huesos, hilos y conchas, se había agujereado varias veces las orejas y sus cambios de humor resultaban asombrosos.

Cuando se lo proponía, podía resultar turbadora.

Espido Freire