4/9/08

El Cementerio de los Libros Olvidados

-Este lugar es un misterio, Daniel, un santuario. Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien desliza la mirada por sus páginas, su espíritu crece y se hace fuerte. Hace ya muchos años, cuando mi padre me trajo por primera vez aquí, este lugar ya era viejo. Quizá tan viejo como la misma ciudad. Nadie sabe a ciencia cierta desde cuándo existe, o quiénes lo crearon. Te diré lo que mi padre me dijo a mí. Cuando una biblioteca desaparece, cuando una librería cierra sus puertas, cuando un libro se pierde en el olvido, los que conocemos este lugar, los guardianes, nos aseguramos de que llegue aquí. En este lugar, los libros que ya nadie recuerda, los libros que se han perdido en el tiempo, viven para siempre, esperando llegar algún día a las manos de un nuevo lector, de un nuevo espíritu. En la tienda nosotros los vendemos y los compramos, pero en realidad los libros no tienen dueño. Cada libro que ves aquí ha sido el mejor amigo de alguien. Ahora sólo nos tienen a nosotros, Daniel. ¿Crees que vas a poder guardar este secreto?

Mi mirada se perdió en la inmensidad de aquel lugar, en su luz encantada. Asentí y mi padre sonrió.

-¿Y sabes lo mejor? -preguntó.

Negué en silencio.

-La costumbre es que la primera vez que alguien visita este lugar tiene que escoger un libro, el que prefiera, y adoptarlo, asegurándose de que nunca desaparezca, de que siempre permanezca vivo. Es una promesa muy importante. De por vida -explicó mi padre-. Hoy es tu turno.

Carlos Ruiz Zafón

2/9/08

Cuando fui mortal


Allí donde el tiempo transcurre y fluye ya ha pasado mucho tiempo, tanto que no quedará nadie de quienes conocí o traté, o padecí o quise. Cada uno de ellos, supongo, volverá sin ser percibido a ese espacio en el que se acumulan olvidados los tiempos y no verá allí más que a extraños, hombres y mujeres nuevos que creen, como los niños, que el mundo empezó con su nacimiento y para los que no tiene ningún sentido preguntarse por nuestra existencia pasada y barrida. Yo no puedo hablar ahora de noches o días, todo está nivelado sin necesidad de esfuerzo ni de rutinas, en las que puedo decir que conocí sobre todo la tranquilidad y el contento: cuando fui mortal, hace ya tanto tiempo, allí donde todavía hay tiempo.


Javier Marías

30/8/08

Carta a padre

I
Estos días, padre, y en este sol de la infancia
me viene tu recuerdo como un viento caliente,
el viento que en verano acunaba las siestas
y secaba el camino por donde tú llegabas.

Recuerdo tus silencios en las noches de invierno.
Cuando, sentados juntos, madre contaba historias
y tú te sonreías del miedo y de los muertos.
Y decías: “A quien hay que temer es a los vivos”.

Luego más tarde supe, padre, que tus temores
venían de muy lejos y habitaban cercanos
en las calles de barro y en las casas de adobe
y te ahogaban el pecho y el corazón cansado.

Pocas veces hablaste de la guerra, aunque a veces
nos dejabas que viéramos la metralla azulada
que aún tenías en el cuerpo y nosotros pasábamos
los dedos por aquellas cicatrices de hierro.

No estuviste en el bando de quienes conquistaron
esa paz que te trajo el miedo de los días,
el silencio del hambre, la búsqueda imposible
del sueño de un muchacho de diecinueve años.

El miedo de los vivos te ha acompañado siempre.
Y puso entre tus brazos el dolor de las cosas,
cuando España no era sino la historia triste
más triste de todas las historias de la historia.

Te recuerdo en la noche cuando en la vieja radio
buscabas entre ruidos que estaban prohibidos
la esperada noticia de que, al fin, aquel año
un viento bien distinto lo barrería todo.

Pero nunca llegó aquello que esperabas.
Ni siquiera más tarde, cuando todo cambió
pudiste pronunciar en las nuevas palabras
las que el miedo te había cosido a los labios.

Era la historia otra. Y eran otras las cosas.
Y seguían los mismos que habitaban tus miedos.
Aquella vieja radio años llevaba rota
y Radio Pirenaica era sólo nostalgia.

II
Tú me enseñaste, padre, a andar en bicicleta
y a mirar la pobreza con orgullo y sin miedo.
Y que todo es de todos cuando el hambre lo dice
y que el dinero vale para comer hoy mismo.

Recuerdo tu sudor amasando el adobe.
Y los sacos de pájaros que te daban a cambio
de limpiar los tejados y la fiesta que era
aquella noche en casa –risa y pájaros fritos-.

Yo no sé si he tenido tiempo para contarte
de mis libros y versos. De mis tristes triunfos,
de todos mis fracasos. Ni de las muchas veces
que te he echado de menos cuando he llorado solo.

Y de lo que me gustaba el mediodía del sábado
cuando los dos tomábamos en aquel bar de Poli
un vino y me decías que, al fin, los socialistas
subirían las pensiones y había que darles tiempo.

Luego fuiste dejando memorias y recuerdos
Y tu mundo fue oscuro como el de aquellas noches
de los cuentos de madre en la cocina fría
y mirabas sin vernos. Y llorabas a veces.

Ahora, en estos días azules de mi infancia,
cuando tengo los mismos años que tú tenías,
te recuerdo callado y me dicen a veces
que soy como tú mismo. Y, como tú, yo callo.

Rodolfo Serrano

26/8/08

Javier (II)

Cuando el sonido del telefonillo anunció que Javier aguardaba a que un chasquido eléctrico le concediese permiso para recuperar sus enseres, ella aún rodeaba con la mirada el clasificador. Después de apretar el botón, corrió apresurada a la puerta para recibir a Javier. Vislumbró desde el vestíbulo su silueta. Subía los peldaños de dos en dos, como de costumbre, y apretaba con firmeza la barandilla, la única protección que impedía a los vecinos caer por las escaleras viejas y mugrientas del edificio. Al sobrepasar el último escalón, Javier levantó la vista. Estaba tenso, con una expresión no de incomodidad, pero sí de malestar. Emitió un gruñido, que ella tomó como saludo, y se metió las manos en los bolsillos para disimular la inquietud.

-Hola. Oye, ¿te pasa algo? Habíamos quedado hace un buen rato y la verdad es que traes mala cara -dijo ella tratando de introducir un poco de normalidad en aquel encuentro.

Javier no contestó y dirigió sus pasos al salón. Ella fue detrás, molesta por la respuesta silenciosa que acababa de obtener.

-¿Sabes? Lo mínimo que esperaba es que nos comportásemos como personas civilizadas, pero si no pones de tu parte, difícilmente podremos llegar a ningún lado.

-Es que no hay ningún lado al que llegar. Solo he venido a por mis cosas y creo que para eso no es necesario hablar -replicó Javier con un tono cortante.

Ella se dio por vencida y permaneció en el umbral de la puerta del salón mientras Javier cogía las dos malditas cajas. Pero algo llamó la atención de éste, que se paró en seco a retirar uno de los objetos. La carpeta. Ella rompió a llorar.

-Javier. ¡Javier! ¿Qué haces? ¿Qué demonios estás haciendo? Cógelo, ¡cógelo y vete! Te juro que no te entiendo, no soy capaz de comprenderte. En serio, ¿quieres terminar así? Dime. ¡Di algo!

Gritaba y hacía aspavientos con las manos. Quería zarandear a Javier, golpearlo, quebrar la impasibilidad que lo mantenía con los brazos caídos y la boca cerrada.

-Mírame, Javier, so... soy yo -intentó explicarle que lo amaba, que para ella nada había cambiado; sin embargo, el llanto entrecortaba su discurso y el pecho empezaba a dolerle, por lo que tuvo que sentarse. Ahora que veía a Javier desde esa perspectiva se sentía realmente pequeña-. Soy yo.

Javier, de pie junto a ella, respiraba con fuerza y apretaba los puños. Ella lo observaba, con los ojos enrojecidos y las lágrimas bañando ambas comisuras de la boca. Abandonados al destino, tardaron varios segundos en reaccionar. Cuando quisieron darse cuenta, Javier se había inclinado para besarla. La besaba con dulzura, sosteniendo su nuca con una mano y, con la otra, acariciando su mejilla. Ella lo abrazaba, lo asía, protegía la pena con el pecho del hombre de su vida. Y entonces se entregaron el uno al otro. Se entregaron sus flaquezas, sus ilusiones, sus miedos, se entregaron un Todo contenido en un beso eterno, porque sabían que aquella sería la última vez. Aquella sería la despedida.

5/7/08

El centro de mi pasión

Ella tembló y se crispó cuando le besé el ángulo de los labios abiertos y el lóbulo caliente de la oreja. Un racimo de estrellas brillaba pálidamente sobre nosotros, entre siluetas de largas hojas delgadas; aquel cielo vibrante parecía tan desnudo como ella bajo su vestido liviano. Vi su rostro reflejado en el cielo, extrañamente nítido, como si emitiera una tenue irradiación. Sus piernas, sus adorables y vivaces piernas, no estaban muy juntas, y, cuando localicé lo que buscaba, sus rasgos infantiles adquirieron una expresión soñadora y atemorizada en la que se mezclaban el placer y el dolor. Estaba sentada algo más arriba que yo, y cada vez que en su solitario éxtasis se abandonaba al impulso de besarme, inclinaba la cabeza con un movimiento muelle, letárgico, que tenía un no sé qué de triste e involuntario, y sus rodillas desnudas apretaban mi muñeca y la oprimían con fuerza para relajarse después; y su boca temblorosa, que parecía crispada por la acritud de alguna misteriosa pócima, se acercaba a mi rostro respirando jadeante. Mi amada procuraba aliviar el dolor del anhelo restregando primero ásperamente sus labios secos contra los míos; después echaba hacia atrás la cabeza sacudiendo nerviosamente su cabello, y, por último, volvía a inclinarse sobre mí como impelida por una fuerza irresistible y me dejaba succionar con ansia su boca abierta; por mi parte, impulsado por una generosidad pronta a ofrecérselo todo, mi corazón, mi garganta, mis entrañas, le había hecho rodear con su puño inexperto el centro de mi pasión.


Vladimir Nabokov

23/6/08

Pensaba en Teresa

Pensaba en Teresa mientras caminaba lentamente, acudiendo a otra cita peligrosa, más peligrosa aún porque no cabían los malentendidos y porque había pasado demasiado tiempo, y la recordaba, la chaqueta de ante y el gorro de lana negra, tan distinta de la mujer con quien había tropezado en una hamburguesería un par de años antes, o quizás tres, no se acordaba bien. Llegó a sentir cierta emoción, pero no se inquietó por ello. Proyectó una estúpida travesura, comprar flores nuevas, aunque ya no fueran violetas, y se sorprendió sonriéndose a sí mismo, imaginando la imprevisible reacción que tal regalo desencadenaría en su anónima corresponsal, la mujer X, esa criatura ávida de emociones fuertes, piel hastiada en pos de una violencia imaginaria, sólo un recurso para recuperar la consistencia, el escalofrío perdido, flores, un gesto en definitiva distante, por lo cortés, para con aquella niña triste que buscaba la felicidad fuera del camino vallado, de espaldas a la aparente dignidad de los seres humanos. Sería divertido verlo, pensó, sonriendo todavía, mientras recorría el último tramo echando un vistazo a su alrededor, apostando contra sí mismo a que no encontraba una floristería abierta por los alrededores. Desembocaba ya en la Plaza de España cuando tropezó con una anciana diminuta, una melena de canas despeinadas enmarcando un rostro muy pequeño, los ojillos rasgados como dos puñaladas y los labios finos, que vendía las pocas flores que cabían en dos cubos de plástico llenos de agua. Él se detuvo en seco, como si por un instante creyera en el destino. Ella le miró sonriente.

Almudena Grandes

16/6/08

La canción más hermosa del mundo

Les presento a mi abuelo bastardo,
a mi esposa soltera,

al padrino que me apadrinó
en la legión extranjera,

a mi hermano gemelo,
patrón de la merca ambulante,

a Simbad el marino
que tuvo un sobrino cantante,


al putón de mi prima Carlota
y su perro salchicha,

a mi chupa de cota de mallas
contra la desdicha,

mariposas que cazan en sueños
los niños con granos

cuando sueñan que abrazan
a Venus de Milo sin manos.


Me libré de los tontos por ciento,
del cuento del bisnes,

dando clases en una academia
de cantos de cisne.

Heredé una botella de ron
de un clochard moribundo,

yo quería escribir la canción
más hermosa del mundo.

Joaquín Sabina

10/6/08

Cuando una mujer escribe una novela protagonizada por una mujer

En el transcurso de un simpósium internacional sobre la literatura de mujeres dije por primera vez en público una frase que luego he visto repetir a otros convertida en un tópico colectivo. Que se me perdone la jactancia de reclamar la autoría de la frase, pero quizá sea la única ocasión en la que un pensamiento mío adquiera vida propia y pase a formar parte de los dichos anónimos de la sociedad. Y lo que dije fue: Cuando una mujer escribe una novela protagonizada por una mujer, todo el mundo considera que está hablando sobre mujeres; mientras que cuando un hombre escribe una novela protagonizada por un hombre, todo el mundo considera que está hablando del género humano.

No tengo ningún interés, absolutamente ninguno, en escribir sobre mujeres. Quiero escribir sobre el género humano, pero da la casualidad de que el cincuenta y uno por ciento de la Humanidad es de sexo femenino; y, como yo pertenezco a ese grupo, la mayoría de mis protagonistas absolutos son mujeres, del mismo modo que los novelistas varones utilizan por lo general personajes principales masculinos. Y ya va siendo hora de que los lectores hombres se identifiquen con las protagonistas mujeres, de la misma manera que nosotras nos hemos identificado durante siglos con los protagonistas masculinos, que eran nuestros únicos modelos literarios; porque esa permeabilidad, esa flexibilidad de la mirada, nos hará a todos más sabios y más libres.

Rosa Montero

9/6/08

Tenemos que hablar


El "tenemos que hablar" pronunciado con un determinado tono de voz presagia lo peor. Irrumpe en la vida cotidiana como anuncio de algo que nos hará cambiar radicalmente. Sabes que las cosas ya no funcionan desde hace tiempo: la intimidad ha desaparecido, las explicaciones de las ausencias suenan a excusa, lo que antes te hacía gracia ahora te produce un cierto fastidio, sueles quedarte perpleja mirándole como si no le reconocieras o identificaras con el hombre con el que te casaste, seguramente enamorada... Y entonces, cuando dice que hay otra y que además se va a ir a vivir con ella, sientes rabia. Primero te quedas algo anonadada, como si no pudieras reaccionar, y luego sientes ganas de pegarle y tirarle cosas a la cabeza, y gritar y decirle que te ha estafado.

Carmen Alborch

7/6/08

Después de aquel beso

Pero luego, después de aquel beso larguísimo frente al escaparate, pensó que incluso si no volvía a ver a Juan, incluso si había echado por tierra la posibilidad de una amistad, incluso si se estaba comportado como una niña, siempre le quedaría el recuerdo de aquellos minutos (la luz, el sonido amplificado de dos respiraciones sincronizadas, la lengua que exploraba en su boca, las manos que le acariciaban la nuca, todo tan concentrado como para que no existiera nada más que ese beso en el mundo) y que eso no se lo iba a quitar nadie, nunca. Y con eso le bastaba.

Lucía Etxebarria

2/6/08

Javier

Removía pensativa el poco café que aún contenía su taza, como resistiéndose a dar el sorbo definitivo. Había quedado con él en su casa y estaba extremadamente nerviosa, pasaban cinco minutos de la hora fijada y parecía que el timbre no iba a sonar nunca.

Los bártulos se amontonaban al lado del sofá: dos cajas que acumulaban los retazos de un pasado tejido al unísono. Miró el reloj y se cercioró de que ya no eran cinco, sino ocho los minutos de espera. Así que se apartó del mesado, posó el café ya frío e insípido en el fregadero y se acercó a una de las cajas para echar una ojeada y no pensar. Entonces vio la carpeta de cuero negro y el estuche. Javier era un maniático, revisaba constantemente sus exposiciones, repasaba cada afirmación mudando las pausas, buscaba los fallos que nadie, excepto él, podría advertir. Rara vez dejaba un escrito tal y como lo había concebido en su génesis y solía consultar con ella qué palabra o qué expresión era la más acertada. Vivía volcado en el trabajo, pero eso jamás le había impedido dedicarle tiempo a su vida personal, a ella. Decía que compartir el conocimiento era uno de los grandes tesoros del hombre contemporáneo. Y ella lo admiraba, porque había aprendido de él, porque Javier la había tratado como a un igual, porque se había preocupado de que el amor que sentía por ella no la menguase, que la ayudase a crecer.
La carpeta era su primer regalo. Recordó cuánto le había costado encontrar el obsequio apropiado para un profesor de universidad convertido en amante. Sabía lo mucho que le gustaba a Javier la música clásica, pero pensó que un disco era demasiado impersonal y que aventurarse a regalarle entradas conjuntas para un concierto podría ser interpretado como un modo de afianzar la relación o algún otro malentendido que deseaba evitar. Con lo que atendió a la lógica y optó por el archivador más exquisito de todo el centro comercial. Por supuesto, Javier no lo llevaba a clase, pero sí que lo empleaba para guardar sus notas y las ponencias que redactaba. Ella había asistido a varias de sus charlas, a algunas como acompañante y a otras como alumna de la universidad. La verdad es que Javier era un buen conferenciante. Su oratoria no resultaba pesada y el tono era amigable y cercano. A ella le encantaba notar la intensidad que aplicaba en cada golpe de voz y comprobar cómo el mismo entusiasmo se reflejaba en su gesto. Y no sólo eso, también era un magnífico profesor. Sus explicaciones eran claras, lo cual facilitaba abundantemente el estudio de la asignatura, y no mostraba impedimentos a la hora de atender cualquier duda. Fue esa accesibilidad la que les concedió la oportunidad de conocerse más allá del protocolo académico.
¿Que si había pensado que aquello era una locura? ¡Claro que lo había pensado! Millones de veces. Pero se merecían la felicidad que habían compartido durante tres años. Después de todo, ella destacaba por su madurez, por su forma peculiar de ver la vida, y él no se parecía en nada a sus congéneres. Ambos disfrutaron de su compañía, de lo que se confesaban, de lo que suponían descifrar del otro. No, no había nada malo en quererse como lo habían hecho. Javier era un hombre sensato que no habría estado dispuesto a perder el tiempo si hubiese sabido que aquello no les llevaba a ninguna parte. Y ella no se habría enamorado de buenas a primeras.
Volvió a mirar el reloj y se percató de que había pasado media hora más. La espera la estaba matando. ¿Y si no venía? Eso sería absurdo. Las cosas eran suyas y Javier la había llamado por la mañana para recuperarlas. A lo mejor se lo había pensado y había decidido no acudir a la cita, llamar de un momento a otro para posponerla y evitar el mal trago por un par de días. O quizás prefería que siguiesen en su casa para mantener la esperanza de una reconciliación. Quizás Javier aún la quería y todo aquel trance le dolía tanto como a ella. Se habían enseñado demasiado el uno al otro, lo suyo no podía, no debía terminar de ese modo. Porque ella amaba a Javier, amaba sus manos, tan sabias y tan protectoras, amaba las arrugas de su frente, amaba sus camisas, amaba su caligrafía, amaba la curva que su sonrisa le dibujaba en las mejillas. Javier no era su pasado, seguía siendo su presente. Ella era Javier, y lo sería siempre. Javier. Javier... Y, haciéndose un hueco en la habitación, el sonido del telefonillo la sacó de sus pensamientos.

26/5/08

Un pecado original

Si fuera a Religión, tendría que confesar al cura un pecado original que cometí el otro día. Pero como voy a Ética, sólo te lo voy a contar a ti, que me has caído bien, y a media España, que también me ha caído bien, porque yo no soy de los que van por la calle preguntando: "Oiga, perdone, ¿es usted cura? ¿Me quiere confesar un pecado bastante original?"

La gente me tomaría por loco: unos dirían: "Anda, vete, salmonete", y otros saldrían corriendo despavoridos. Mi madre me apuntó a Ética para ver si aprendía un poco de educación, que falta me hace: "Por lo menos que hagas menos ruido mientras comes, hijo mío."

Mi abuelo sí que hace ruido, pero como los dientes que lleva no son suyos sino que son del Alcampo, pues todo el mundo le disculpa. De todas maneras, lo único que nos enseña la sita Asunción en Ética es repetirnos mil veces que, como sigamos siendo ese pedazo de bestias que somos, al bajar al patio acabaremos siendo unos delincuentes. Pero eso no es nada nuevo, eso nos lo dice a todas horas, hasta en Matemáticas, hasta en sueños me lo dice esa mujer despiadada.

Elvira Lindo

19/5/08

Dobles


Hace algunos años conocí a mi doble. Lo cierto es que no recuerdo su nombre, pero éramos igualitas. Incluso el que por entonces decía ser mi novio pasaba más tiempo con ella que conmigo. Tanto, tanto, tanto nos parecíamos, que un buen día nos dejó a las dos y se marchó con otra.

8/5/08

La melancolía

Blanca creyó que había pasado el verano sin quemarse; pero al poco tiempo de regresar a Desrein la atrapó la melancolía. Recordaba a John cada vez que veía fumar a un hombre, a cada paso que daba. Reconstruyó con primor los primeros encuentros, las primeras frases que habían cruzado en clase, cuando ella se aburría y se dedicaba a perseguir musarañas.

Con Elsa no sabía hablar de otra cosa, y analizaba hasta el hastío su comportamiento. ¿Se había dejado llevar por la pasión, o había podido el afán de derrotarle en el campo que Blanca mejor conocía? ¿Sería él sincero en sus últimas palabras de amor? ¿Perdería el interés si Blanca hacía lo imposible por continuar la relación?

-Fui una estúpida -se lamentaba-. ¿Quién me mandaría mostrarme tan engreída? ¿Sabes que le dejé plantado más de una vez? -Se reía-. ¡Qué boba soy! Debería haber aprovechado todos los momentos en los que podíamos estar juntos.

Cuando no pudo más, fue a comprobar si le habían llegado cartas al piso de estudiantes. Habían llegado.

Espido Freire

22/4/08

Un dólar a cambio dun colar


Olláchesme detidamente, analizando todos e cada un dos trazos do meu rostro de marusías. Pousaches as pupilas nas miñas patas de galo, no estertor dos ollos, na fumegante rabia do balbordo de mil terminais e ningún destino definitivo. Detivécheste no rosmar da pel, no canso movemento dos brazos, nos exiguos saúdos de ducias de epidermes mortas. Viches como achegaba os pés á auga con sorpresa, como deixaba que os dedos naufragasen nos restos de coral e como enxerguei ao horizonte na procura do silencio. Soñaches cun dólar a cambio dun colar de pedras tan laranxas como as túnicas dos monxes que encontrara no mercado. E a túa esperanza converteuse en decepción ao comprobares media ducia de corais rabuñando o meu colo, os meus pulsos e os meus dedos enrabechados polo sol. Tentei dicirche que xa tiña abondo, que non podía mercar máis alfaias, que acababa de chegar, que o tempo se me escapaba, que só necesitaba ollar o mar e, talvez, esquecer por que fuxira ata tan lonxe. Por que o Mar de Andaman ía ter comigo a indulxencia que non tivera o Atlántico. Ti non afastaches eses ollos indonesios –metade conquista portuguesa metade imperio chinés- do meu fociño pelado e estendiches a man coas túas pedras coloreadas. A min sobrábame e a ti faltábache pero a linguaxe enguedellou as nosas intencións.

Entón, a onda varreu as nosas preguntas sen resposta. Enxergounos de lonxe, dende o abismo das incomprensións e cabalgou ruidosamente nunha carreira desbocada en torno aos nosos fracasos. Envolveunos nunha loita frenética por tronzar o que un día foramos. Pero tivemos sorte, o instinto quixo salvarnos a nós sen admitir incongruencias. E arrastramos o noso susto, a nosa rabia, o noso desasosego a través dun areal tronzado de palmeiras e barcos de despece, esquivando corpos derretidos polas brasas dun volcán de auga e barro. Entón, só entón, ofrecinche toda a miña nada. A cambio dun colar de corais houben pagar ducias de desvelos, un insomnio tormentoso que me persegue dende aquela corrente, esta gran marea de furia que me remexe os miolos. Logo de que todo pasou, a penas dez minutos despois xa alguén deletreaba o meu nome no hotel cando ninguén preguntaba nin preguntaría por ti nesa que era a túa casa e para min unha brincadeira. E marchei co posto, cun único instante para fitar as túas perlas negras chorosas dende o cristal do autobús que me levaba ao aeroporto. Deixeite alí, rodeada de lama e refugallos, un rostro infantil sen identidade que vagaría polos arrabaldes da que un día fora a túa aldea e o meu descanso. Do que hoxe é a túa reconstrución e o meu pesadelo. Este pesadelo continuo nas noites en que abrazo a almofada e aínda me sabe ao ferruxe daquel coche á deriva que nos salvou. Ou que nos matou para sempre.

Rosa Aneiros

19/4/08

Aquel beso dulce y abrupto

Se detuvieron al mismo tiempo, para mirar y escuchar, y entonces ella le besó, posó los labios sobre su mejilla, muy cerca de la comisura de la boca y él, con una rapidez insólita, tomó la cabeza de la muchacha entre las manos y la desvió ligeramente, y ella se lo permitió, le franqueó la entrada a su propia boca y le devolvió aquel beso casual, frívolo, político, que él atesoraría durante años como uno de los momentos culminantes de su vida.

En su memoria, aquel instante llegaría a alcanzar la naturaleza débil y amarillenta de un pergamino finísimo, muy viejo y raído ya por los bordes, la morbosa condición de los recuerdos obsesivos, invocados cada día con frecuencia sistemática, deliberadamente desgajados del resto de la historia, del resto de todas las historias, porque dentro de su cabeza la escena siempre terminaría con aquel beso dulce y abrupto, él besando durante tanto tiempo a Teresa en medio de la acera, no había nada después, se negaba a recordar, a reconocer el resto.

Almudena Grandes

6/4/08

Papá cuéntame otra vez

Esta canción va para ti, para los que estáis aquí, para los ausentes, por tantos años, por acercarme la certeza de que otro mundo es posible. Porque vosotros sabéis, como yo, que los que antes de ayer morían en Vietnam, ayer lo hacían en Bosnia y hoy lo hacen en Bagdad.

Canta conmigo Papá cuéntame otra vez.

Ismael Serrano

31/3/08

Mi madre

Mi madre vivió plenamente su tiempo, se dejó arrastrar por aquella corriente colectiva sin sospechar la inminente vorágine del precipicio. Habiendo crecido sin raíces sólidas la arrolló el ímpetu del torrente, no era un cauce, que podía verse embestido por la crecida y permanecer en su lugar, sino, en realidad, una humilde brizna de hierba, como decía en su poesía. El terrón en el que había nacido había caído en la corriente, obligándola a una navegación en solitario. Puede que ante el estruendo de la cascada, que al cabo de poco la arrojaría a lo desconocido, haya sentido nostalgia de esas raíces que nunca tuvo.

En el fondo, pensé, la estructura de un hombre no difiere mucho de la de un terreno cárstico: en superficie se suceden días, meses, años, siglos de un tiempo histórico en continua transformación -por encima de él pasan coches o carrozas, simples excursionitas o un ejército vencido-, pero por debajo la vida permanece intacta, siempre igual a sí misma. No existen variaciones de luz ni de temperatura en esas cavernas oscuras, no hay estaciones ni transformaciones, los urodelos chapotean felices tanto si llueve como si hace sol y las estalactitas continúan bajando hacia las estalagmitas como enamorados separados por una divinidad perversa. En ese mundo creado por el agua todo vive y se repite con un orden casi invariable. Así mi madre vivió con fervor los años de la revolución, para alcanzar ese sueño.

Susanna Tamaro

27/3/08

Los hombres que me gustan

Los hombres que me gustan o, por mejor decir, los hombres que me pierden, reúnen todos ellos, que yo sepa, tres condiciones concretas. En primer lugar, son guapos: me avergüenza reconocerlo, pero es así. Segundo, son inteligentes: si el más guapo del mundo dice una necedad se convierte en un pedazo de carne sin sustancia. Y ahora viene el ingrediente fundamental, el tercer elemento que cierra el ciclo de la seducción como quien cierra un candado: son individuos con una patología emocional que les impide mostrar sus sentimientos. Esto es, son los tipos duros, fríos, reservados, ariscos, en quienes creo adivinar un interior formidable de ternura que no consigue encontrar la vía de salida. Yo siempre sueño con rescatarlos de ellos mismos, con liberar ese torrente de afecto clausurado. Pero eso nunca se logra. Y lo que es aún peor: sospecho que, si algún día uno de esos chicos duros llegara a mutarse en un individuo afable y cariñoso, lo más probable es que dejara de gustarme.

Rosa Montero

26/3/08

Las aguas

Suena música en mi casa durante todo el día, pero cuando desciende la noche no puedo impedir que el lago, a veces enloquecido y otras sólo crepitante, se apodere de todo el sonido y me confunda con sus movimientos imaginarios. Creo descubrir en ocasiones que esas aguas tienen otra vocación, que no las hizo la Mano para permanecer estancadas, que se saben río, y mar, y rizo, y brisa, que se distraen de su dilatado destino jugando a ser lo que hoy no son pero tal vez fueron o quizá serán. Yo no las he visto bajo otra forma. Tampoco las veré, pues ya agonizo. Será ese lago sin duda lo último en mirarme, y lo único que ignoro es el aspecto con que sus aguas se me ofrecerán el día. Yo las prefiero como espejo empañado, cuando se muestran benévolas y sólo reproducen mis facciones difuminadas, sólo el contorno, la blanca mancha, lo esencial nada más, lo justo para reconocerme y poder, empero, contemplarme a voluntad como los muchos que fui, y los pocos que soy, y el esqueleto. Así las prefiero, pero su estatismo involuntario -tal vez impuesto- sólo sabe renegar de sí adquiriendo distintos rostros con la ayuda irreflexiva, indiferente y muda de la luna y el sol cambiantes.

Javier Marías

10/3/08

Carlos

"¿Ves como teño razón?", díxome Carlos. "Sodes unha familia chea de misterios", engadiu. Respondinlle: "Quizais por iso eu fun feliz, porque nunca quixen sabelo todo". Carlos sorriu e comentou: "Talvez teñas razón, Periquita, hai cousas que é mellor non sabelas". Díxenlle que non sabía a qué se estaba referindo en concreto, pero que desde había anos eu tiña a sensación de que sabía algo que non me quería dicir. Carlos seguía recostado no sillón de vimbio, cun vaso de whisky na man dereita e os ollos lixeiramente virados cara a lúa e as pernas cruzadas. Fixeime que non levaba calcetíns e que tiña os pés escuros, tostados polo sol, dunha cor lixeira que harmonizaba moi ben coa delicadeza da pel, unha suavidade case infantil, de melocotón, como se aínda conservase a carne que tiña cando era bebé. No dorso das mans, a pel semellaba distinta. Eran mans de home, fortes e duras, aquelas mans que cando dabamos unha volta na Harley-Davidson se convertían no centro dos meus ollos, como se o rostro de Carlos, que eu non podía ver desde a miña posición na parte de atrás da moto, se reflictise nelas e me devolvesen a imaxe firme da súa mandíbula, o poderío muscular do seu pescozo e aquela boca transparente, chea de inocencia, incapaz de mentir, incluso cando permanecía en silencio e soamente parecía estar pensando.

Carlos Casares

9/3/08

Plaza Garibaldi

En el D.F., en México D.F., hay una plaza que se llama la Plaza Garibaldi. Está llena de mariachis, ¿saben? Uno se puede parar en un semáforo, bajar la ventanilla, unos mariachis se acercan y uno le pide una de Jose Alfredo y te la cantan por un módico precio. Es un disparate, la verdad. Pero la música se vive de forma apasionada. Hay un garito en la Plaza Garibaldi que se llama Tenampa. Es difícil mantener una conversación entre el estruendo de muchos mariachis cantando cada uno la suya. Y hay un tipo que se pasea entre las mesas con una batería y te ofrece los bornes de la batería para que los agarres, para recibir una descarga. Se llaman toquecitos, y la gente paga por eso. México es todo un disparate maravilloso y es normal que uno se enamore de esa ciudad casi a primera vista.

Ismael Serrano

4/3/08

Yo creía


Quizá fuera la muerte de mi antiguo profesor la que disparó el mecanismo de autodestrucción, no sé cuánto tuvo que ver el dolor de ver morir a José Merlo con la saña destructiva de un yo contra yo, pero sí sé que fue más o menos a aquella edad cuando la cosa se recrudeció. Yo elegí, sin saber siquiera que lo había elegido (y lo peor de todo es que las elecciones inconscientes son las únicas sinceras), matarme a base de copas haciendo honor al viejo dicho que reza alicantina, borracha y fina; y lo cierto es que si hubiera seguido al ritmo que llevaba, quizá hubiera recorrido un camino parecido al de José Merlo, sólo que en lugar de palmarla de un enfisema habría sucumbido a una cirrosis.

Yo creía que me lo pasaba bien navegando en un turbulento mar de alcohol que amainaba las heridas sin llegar nunca a puerto; creía de verdad que había algo de heroico en levantarme sudando ginebra y lágrimas al lado de un bulto sin identificar, con la resaca como una piedra atada a una soga que colgara de mi cuello y que me arrastrara hacia el fondo de unas sábanas extrañas y arrugadas de las que no podía despegarme.

Yo creía de verdad que cada copa era como una llave mágica capaz de abrir celdas interiores desde donde liberar sentimientos y recuerdos suprimidos; creía de verdad encontrar confesores discretos y solidarios en los compañeros de borrachera y refugio en las barras de los bares en las que mis dolores no tendrían que rendir exámenes ni explicar sus orígenes.

Yo creía, lo creía de verdad, que estaba salvada si me jugaba a los bares mis últimas fichas, creía en las letras de los tangos y en la mística de las barras, y así me convertí en la loca que busca en el licor que aturda la curda que al final ponga el punto final, el último golpe de gracia y talento a la función, corriéndole un telón al corazón, casi sin esperar a oír el último aplauso.

Lucía Etxebarria

28/2/08

Rendición razonable

Fue entonces cuando invocó la ceguera voluntaria que le había salvado tantas veces, cuando era un niño aún, y después, la ilusión de inconsciencia que latía tras su constante amor por Teresa, la convicción del pasatiempo inocente que había salvaguardado de sí mismo, de su propia lucidez, la descabellada correspondencia sostenida en otros tiempos, la falsa impasibilidad maquillada de mezquina solidaridad de clase que le había permitido seguir queriendo a su madre cuando despidió a Merche porque se había quedado embarazada a sólo dos meses de las vacaciones de verano. Entonces, mientras la miraba bailar y se obligaba a no perder los nervios, intentó salvarla, quedarse con ella, pero se estaba haciendo viejo, y el frío que le impulsara a recuperarla era cada vez más intenso, y ya no había margen para una rendición razonable.

Almudena Grandes

25/2/08

Alguien a quien quise mucho

Hace un par de semanas vi a Miguel. Iba en un taxi camino de casa de Silvio, y él esperaba el disco verde para cruzar la calle. Le miré durante unos segundos buscando dentro de mí alguna de las cosas que había sentido por él en un tiempo que no era tan lejano. No encontré nada, salvo un ramalazo de decepción, un poco de rencor y, por consiguiente, cierta dosis de la amargura que nos deja el tiempo que consideramos perdido.

No es eso lo que quiero sentir por Miguel. La próxima vez que le vea, me gustaría que hiciese en mí el mismo efecto que cualquier extraño. Llegará un día en el que no recuerde el color exacto de sus ojos, como hoy soy incapaz de recordar el tacto de su piel, y entonces sólo sentiré melancolía por todo lo que nos unió una vez y que no supimos conservar para siempre. Y dentro de muchos años, cuando yo tenga la edad de Silvio, quisiera que Miguel fuese un buen recuerdo distorsionado por la nostalgia, y pensar en él como alguien a quien quise mucho, que me hizo feliz durante un tiempo y que luego desapareció, como ocurre con buena parte de las personas y las cosas que nos hacen dichosos.

Marta Rivera de la Cruz