26/6/07

Ser coherente

Él la escuchaba en silencio, interviniendo apenas, sólo para insultarles como un eco, en su voz el reflejo de cada uno de sus insultos, las secas sentencias emitidas por ella, que asentía gravemente después para confirmarlo, sí, la verdad es que se portó como un cabrón, y luego tomaba aire para empezar otra vez, yo le quería, ¿sabes?, le quería. Agotó la lista de todos sus amores contrariados antes de mirarle un instante a los ojos y aferrar su muñeca fuertemente con la mano. Si yo pudiera, dijo entonces, si yo pudiera lograr… Le pidió que terminara la frase pero ella no quiso seguir, él no le dio importancia, los dos estaban borrachos, bebieron un poco más, hablaron de otras cosas, la facultad y la carrera y los padres y los hermanos y las vacaciones y los horarios, y sólo al final, su mano empuñando ya el picaporte de una puerta sucia, mal pintada, en el sucio y mal pintado corredor de aquel horrible hotel barato, cuando él, tras despedirse cortésmente, se disponía a marcharse a su habitación, dos pisos más arriba, Teresa le detuvo con la mirada y habló por fin, con el ridículo acento de las cosas trascendentes. No soy una mujer coherente, dijo, no consigo serlo.

Almudena Grandes

24/6/07

La segunda vez que lo vio

La segunda vez que lo vio fue a través de un cristal, un mes después del encuentro imprevisto y cuando pasó por casualidad delante de la casa donde él vivía. Estaba sentado tras la ventana de su despacho con un libro en las manos y los ojos puestos en la lluvia de la tarde, iluminado por una luz del color del ámbar que parecía surgir de muy lejos. Detrás de la figura triste del profesor, difuminada por los cristales empañados y el trayecto de las gotas de lluvia en la ventana, Luisa percibió el aroma cálido de la madera del escritorio, el polvo tenue que se acumulaba sin decoro en el barniz de la biblioteca, la temperatura inhóspita de la chimenea eternamente apagada porque no había nadie que se ocupara de encenderla. Vio a Cósimo Herrera con la edad que tenía, intuyó sus limitaciones y adivinó sus defectos. Lo reconoció y lo aceptó tal como supo que era, en su tristeza innata y su humor sombrío, en sus manías y en la interminable legión de caprichos que debía haber acumulado después de vivir tanto tiempo consigo mismo. Lo imaginó enfrentando solo las tardes sin sol y las noches larguísimas del invierno que se avecinaba, buscando en los manuscritos polvorientos el sentido último de su existencia y hallando retazos mezquinos de vida en las páginas muertas de los volúmenes de la biblioteca. Aquella tarde, mientras caía la lluvia y el viento de septiembre se llevaba por delante las hojas de todos los árboles, se dio cuenta de que estaba perdida, irremediablemente enamorada de aquel hombre ajeno que miraba la lluvia y se agarraba a un libro como si fuera su único asidero a la vida.

Marta Rivera de la Cruz

21/6/07

Noches

Lo cierto es que las noches me resultan acogedoras. Siento los astros del firmamento como si fuesen los poros de tu piel y sus cometas, como las gotas de sudor que veía caer por tu espalda. Me quedo extasiada mirando su eternidad, desconcertada en rincones que no existen, indagando nuevos senderos que me conduzcan a ti, a la amplitud de tus ojos. Las noches me recuerdan a ti, por eso me gustan. Por eso me abrazan y me transmiten tu calor, y el perfume con que envolvías nuestro letargo.

Eres mi cordura en este mundo loco, me decías.

Y yo sonreía.

Sabías que con ese gesto te confesaba mil secretos, te contaba historias con finales felices, te regalaba el mundo y ponía a tus pies tesoros incalculables.

No dejes de sonreír, por favor, y enmudecías con mis besos.

Las noches me saben a ti. Su oscuridad es el pozo donde guardamos infinitos "te quiero" y el vacío que otros hallan en ellas es mi aliento. Dibujo, una vez más, tus dedos acariciando mi vientre, encaprichándose con mi ombligo y convirtiéndolo en el centro de tu universo. Llévame a las estrellas, fue mi súplica. Después adulé tu pelo, acerqué tu rostro para verlo más lejos, más allá de donde estábamos y de donde podíamos llegar, del infinito. Entonces no supe qué decir, porque estaba todo dicho mucho tiempo atrás. Al fin, yacías dentro de mí. Éramos inmensidad. Busqué tu mirada para encontrar en ella un asidero que me agarrase a algún lapso, pero en lugar de eso, los dos nos perdimos, juntos, como uno sólo. Y ya no quise dar con lo concluso, no me hacía falta. Me gustan las noches porque no son tangibles. Como tu y yo lo fuimos. Me recreo en esa sensación, la revivo y todo mi cuerpo experimenta la misma agitación, callada a los oídos de los demás porque sólo tú eres capaz de escucharla.

De niña me inquietaban las noches. No las comprendía. Parecía absurdo que a una hora determinada fuese necesario cerrar los ojos y perder la consciencia sobre un colchón. La luna allá a lo lejos, los cuentos antes de acostarse, las luces apagadas del comedor y la cocina, las persianas bajadas, el silencio... creaban una esfera de misterio casi irónica.

- ¿Tienes miedo a la oscuridad?

- No, contestaba siempre.

Quizás fui demasiado ingenua al pensar que nada nos separaría. Habíamos pasado por tantas cosas que resultaba absurdo creer en una despedida. Puede que por eso no la hayamos tenido. No lo sé. Ahora es de noche, pero no es una noche cualquiera. Es abrumadora. En el cielo pueden distinguirse nítidamente todas las estrellas y cualquier loco se atrevería a contarlas creyéndose el iniciador de una gran proeza. 1,2,3... 4, 5, 6... 7... Corre una brisa fina, que choca en mi cara y en mis manos y, por más que lo intento, no consigo retenerla. A ti tampoco te retuve. Aún escucho tu respiración. Donde quiera que vaya hallo tus huellas. Enloquezco por momentos viendo tu semblante en las esquinas. Y te aseguro que antes no era así. No, antes no. Desde que no estás rebusco en los cajones los viejos recuerdos. ¿Sabes por qué hablan de amor? Porque no lo conocen. Yo no hablo de amor. Hablo de algo tan extraordinario que escapa a la razón.

Cada noche que pasa es una nueva quimera personal. Todas están inundadas de un sabor agridulce: son el ansiado final de un día, de horas de angustia por tu ausencia. Pero también son el anticipo de una nueva jornada que me alejará más de ti y del pasado. Me alivian y a la vez desgarran mi magullado corazón. Es curioso. Son un fatum incesante, una tragedia griega que no ve bajar el telón. Y yo me he condenado a quererte hasta una saciedad que jamás consigo alcanzar.Quisiera gritar al mundo que nada me importa, pero no puedo. Me importas tú. Y no deja de ser deprimente no lograr olvidar las sombras en color. Los anocheceres que vivimos juntos son dagas clavadas en mis entrañas. El sol luchando por no tocar la linea que marca el horizonte, la luna impaciente por ser la única protagonista, la sensación de levedad que me provocan... Tú y yo... Noches...

19/6/07

Amor

Cuando te enamoras locamente, en los primeros momentos de la pasión, estás tan lleno de vida que la muerte no existe. Al amar eres eterno. Porque la pasión es el mayor invento de nuestras existencias inventadas, la sombra de una sombra, el durmiente que sueña que está soñando. Es como bailar con alguien un vals muy complicado y bailarlo perfecto. Giras y giras en brazos de tu pareja, trenzando intrincados y hermosísimos pasos con los pies alados; y resuena la música en tus oídos, y el mundo es un chisporroteo de arañas de cristal y candelabros de plata, de sendas relucientes y zapatos lustrosos, el mundo es una vorágine de brillos y tu baile está rozando la más completa belleza, una vuelta y otra y continúas sin romper el compás, es prodigioso, con lo mucho que temes perder el ritmo, pisar a tu pareja, ser una vez más torpe y humana; pero logras seguir un paso más, y otro y tal vez otro, volando entre los brazos de tu propia locura. Cuando amas apasionadamente tienes la sensación de que, al instante siguiente, vas a conseguir compenetrarte hasta tal punto con el amado que os convertiréis en uno solo; es decir, intuyes que está a tu alcance el éxtasis de la unión total, la belleza absoluta del amor verdadero. Cuando estás sumido en una pasión, vives obsesionado por la persona amada hasta el punto de que todo el día estás pensando en ella; te lavas los dientes y ves flotando su rostro en el espejo, vas conduciendo y te confundes de calle porque estás obnubilado con su recuerdo, intentas dormirte por las noches y en vez de deslizarte hacia el interior del sueño caes en los brazos imaginarios de tu amado. Yo también he sentido la furiosa llamada de esa pulsión. Es estar habitado por un revoltijo de fantasías, a veces perezosas como las lentas ensoñaciones de una siesta estival,a veces agitadas y enfebrecidas como el delirio de un loco. Es nuestro pecado original. Tal vez la sensación de inmortalidad que sentimos cuando amamos sea un truco orgánico. Esa habilidad nuestra para complicarlo todo. Ese tipo de cosas suceden todo el rato.


Rosa Montero

18/6/07

Embustera

En la elección de tu madre seguramente tenía que ver la nueva libertad de las costumbres, pero también había la huella de alguna otra cosa. ¿Cuántas cosas sabemos de cómo funciona la mente? Muchas, pero no todas. ¿Quién puede entonces decir si ella, en algún oscuro rincón de su inconsciente, no había intuido que el hombre que estaba con ella no era su padre? Muchas inquietudes, muchas inestabilidades, ¿no provendrían acaso de eso? Mientras fue pequeña, mientras fue una muchacha, una adolescente, nunca me planteé esa pregunta, la ficción dentro de la que yo la había hecho crecer era perfecta. Pero cuando regresó de aquel viaje con una panza de tres meses, entonces todo volvió a mi mente. No se puede huir de las falsedades, de las mentiras. O, mejor dicho, se puede huir durante algún tiempo, pero después, cuando menos te lo esperas, vuelven a aflorar, ya no dóciles como en el momento en que las dijiste, aparentemente inofensivas, no; durante el período de alejamiento se han convertido en monstruos horribles, en ogros que todo lo devoran. Las descubres y, un segundo después, te atropellan, te devoran y, contigo, todo lo que te rodea, con una avidez tremenda. Un día, cuando tenías diez años, volviste de la escuela llorando. «¡Embustera!», me dijiste, e inmediatamente te encerraste en tu habitación. Habías descubierto la mentira de aquel cuento.

Embustera podría ser el título de mi autobiografía. Desde que nací sólo he dicho una mentira.

Con ella he destruido tres vidas.

Susanna Tamaro

11/6/07

María


María contemplaba el mar del norte que un viento frío erizaba y que iluminaba un sol sutil, mientras el cielo se deshacía interminablemente en lluvia, como sus propios ojos amenazaban deshacerse en lágrimas. Aquella sucesión de infinitos matices de verde (la tierra) y de gris (el cielo) le recordaban a los ojos de Grahame, los mismos ojos que cruzaron con los suyos aquella mirada desolada. Una vez más, María había preferido poner tierra de por medio ante una situación que le desbordaba. Imposible explicar por qué lloraba tanto, a quién echaba en realidad de menos, si a Grahame, o a Miguel, o a Lilian, o a Andy, o a la María presuntamente feliz, de una complacencia ignorante y bovina, que había sido apenas seis meses antes, cuando la vida era tibia y plana, sosegada, y cada día, en su beatitud, parecía idéntico al anterior y al siguiente.

El mar, esa llanura inmensa y móvil, contenía millones de billones de trillones de pequeños organismos que habitaban en él, como dentro de María convivían infinitas Marías que componían todo el espectro definible de personalidades femeninas. No se aburrió ni un sólo momento, a solas consigo misma, o con sus nosotras, los ojos invadidos del reflejo del mar, inacabable. Pasó allí dos noches, jugó con las gaviotas, contempló los juegos de las focas, y, por fin, se decidió a volver.

Lucía Etxebarria

Verás, papá

– Verás, papá, este verano voy a cumplir diecisiete años…– intentaba improvisar, pero él echó una ojeada a su reloj y, como de costumbre, no me dejó terminar.

Uno, si quieres dinero, no hay dinero, no sé en qué coño os lo gastáis. Dos, si te quieres ir en julio a Inglaterra a mejorar tu inglés, me parece muy bien, y a ver si convences a tu hermana para que se vaya contigo, estoy deseando que me dejéis en paz de una vez. Tres, si vas a suspender más de dos asignaturas, este verano te quedas estudiando en Madrid, lo siento. Cuatro, si te quieres sacar el carnet de conducir, te compro un coche en cuanto cumplas dieciocho, con la condición de que, a partir de ahora, seas tú la que pasee a tu madre. Cinco, si te has hecho del Partido Comunista, estás automáticamente desheredada desde este mismo momento. Seis, si lo que quieres es casarte, te lo prohíbo porque eres muy jóven y harías una tontería. Siete, si insistes a pesar de todo, porque estás segura de haber encontrado el amor de tu vida y si no te dejo casarte te suicidarás, primero me negaré aunque posiblemente, dentro de un año, o a lo mejor hasta dos, termine apoyándote sólo para perderte de vista. Ocho, si has tenido la sensatez, que lo dudo, de buscarte un novio que te convenga aquí en Madrid, puede subir a casa cuando quiera, preferiblemente en mis ausencias. Nueve, si lo que pretendes es llegar más tarde por las noches, no te dejo, las once y media ya están bien para dos micos como vosotras. Y diez, si quieres tomar la píldora, me parece cojonudo, pero que no se entere tu madre.


Almudena Grandes

6/6/07

Su madre

- No, no, escúchame. - El corazón había dejado de latir con fuerza, y ahora me sentía sorprendentemente tranquila-. El día que tu madre se muera (y se va a morir antes que tú, a no ser que al pobre Aitor se le vaya la mano en la próxima paliza) vas a recordar una por una todas las cosas horribles que le has dicho. Y te puedo asegurar que las seguirás recordando toda la vida. Y ¿sabes qué? Te va a doler tanto cada insulto, cada falta de respeto, vas a tener unos remordimientos tan tremendos, que es muy posible que te vuelvas loca. Por eso me das lástima. No porque estés colgada de un miserable.

Me levanté, cogiendo el bolso de un zarpazo, y pagué la cuenta de ambas en la caja del restaurante. Berta se quedó allí, asombrada y sola, sin entender muy bien lo que había pasado. Algún día lo comprenderá todo. Sólo espero que no sea demasiado tarde, ni para su madre ni para ella.


Marta Rivera de la Cruz

2/6/07

Más allá

Estaba mucho más allá, en ese más allá ilocalizable adonde precisamente ponen proa los ojos de todas las mujeres del mundo cuando miran por una ventana y la convierten en punto de embarque, en andén, en alfombra mágica desde donde se hacen invisibles para fugarse. Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos. En todos los claustros, cocinas, estrados y gabinetes de la literatura universal donde viven mujeres existe una ventana fundamental para la narración, de la misma manera que la suele haber también en los cuartos inhóspitos de hotel que pintó Edward Hopper y en las estancias embaldosadas de blanco y negro de los cuadros flamencos. Basta con eso para que se produzca a veces el prodigio: la mujer que leía una carta o que estaba guisando o hablando con una amiga mira de soslayo hacia los cristales, levanta una persiana o un visillo, y de sus ojos entumecidos empiezan a salir enloquecidos, rumbo al horizonte, pájaros en bandada que ningún ornitólogo podrá clasificar, cazar ningún arquero ni acariciar ningún enamorado y que levantan vuelo hacia el reino inconcreto del que sólo se sabe que está lejos.

Carmen Martín Gaite

31/5/07

Gallegos

Tengo en casa un antiguo álbum de Castelao: 49 láminas en folio, cada una con su leyenda. Nós, se llama. Los dibujos son de hace casi un siglo: viñetas de la vida gallega campesina y marinera, nacidas como consecuencia de las huelgas de la época, las matanzas de labriegos y el caciquismo. Imágenes y textos tan pesimistas y terribles que queman como un rayo de sol a través de una lupa. De vez en cuando le echo un vistazo, por la belleza de sus estampas y por el conmovedor sentido de sus textos. La lámina número 9 muestra a una pobre aldeana que carga un ataúd rotulado Ley mientras dice : ¡Canto pesa e como fede! En la número 16, un niño pobre le dice a otro: O que sinto eu é que algún que maltratou a miña nai morra denantes de que eu chegue a home. Y en la 37, un campesino comenta, hablando de sus rapaces: Téñoche un tan listo que ten quince anos e xa non cre en Deus. Hay otras láminas irónicas y terribles, incluida una que me remueve por dentro cada vez que la miro : Eu non quería morrer alá. ¿Sabe, miña mai? En ella, ante una pobre mujer resignada, bajo un crucifijo y una mesa con medicinas, un demacrado emigrante agoniza. Gallegos. Ahora, con la historia del Prestige he vuelto a pasar las páginas de Nós. Ya no es, por supuesto, aquella Galicia donde el pobre anciano daba su hijo para Cuba y su nieto para Melilla, y luego perdía la mísera choza por no poder pagar los impuestos. Sin embargo, quedan ecos. Aunque ese ángulo de España es moderno aún conserva desdichados aires de lo que, habiedo cambiado, nunca ha cambiado del todo: el lastre del caciquismo, la injusticia y el olvido. Pensé mucho en estos días, viendo a los gallegos en la tele, oyéndolos hablar en la radio con la amarga y sabia gravedad de quien lo tiene todo muy claro. Conscientes, desde los tiempos de Castelao y desde mucho antes, de que as sardiñas volverían se os Gobernos quixoesen; pero los Gobiernos, o no quieren, o hasta ahora les importaron las sardinas un carajo. Por eso, cuando el enemigo asomó frente a Fisterra en forma de mancha de fuel, los gallegos, en vez de mirar a Madrid y llorar cruzados de brazos esperando soluciones o milagros, salieron a pelear, estoicos, que no resignados -como creen políticos idiotas-, sabiendo desde el principio que iban a hacerlo, como siempre, solos. Con silencios, dignidad y coraje. A reñirle a la vida ese duro combate en el que son expertos desde hace siglos, dejándose la piel en las playas y en el mar. Luego vino la hermosa solidaridad de otros lugares y gentes de España; y al cabo, la lenta y torpe reacción oficial. Pero eso fue después. Al principio, cuando se lanzaron a la lucha, los gallegos ni pedían, ni esperaban. Sólo contaban con sus pobres medios. Y con sus cojones. Es la lección admirable de esta tragedia: la extrema dignidad gallega incluso en el caos de la imcompetencia oficial y la desesperanza. No queremos limosnas, sino ayuda, repetían. Que las marquesas del Rastrillo se metan los juguetes de reyes donde les quepan, y que quede claro que la pasta recaudada por éstos o aquéllos es para pagarse sus banderitas, y no cosa nuestra. Aquí no hace falta caridad, porque tenemos manos y cabeza. Lo que necesitamos son los medios técnicos y vergüenza por parte de la Xunta, del Gobierno y de la puta que los parió. Y oyéndolos, viéndolos organizarse y actuar con sus barcos y los artilujios fruto de su ingenio, y encima irse a Francia a explicar a los gabachos que la marea negra no había que esperarla en la costa, sino ir a su encuentro con decisión y combatirla en alta mar, me estremecí de admiración y orgullo confirmando en sus palabras, es sus rostros curtidos y duros, en la firmeza de las mujeres que chapoteaban entre el fango, que habrían peleado igual aunque hubiesen estado solos, porque lo estuvieron siempre, y tienen costumbre. Así que, a partir de ahora, más vale que los Gobiernos se espabilen con las sardinas. Las cosas han cambiado desde aquel En Galiza non se pide nada. Emígrase, de Castelao. La nueva leyenda se la han ganado a pulso dando ejemplo a toda España, y es otra: En Galiza non se pide nada. Lóitase.


Arturo Pérez Reverte


26/5/07

Perfección

Pero aunque uno lo haga mal, no desiste porque cuando se imagina lo que se puede llegar a hacer… No, yo no me hago ilusiones, pero no estoy dispuesta a prescindir, a dejar de responder a la llamada… ¿Qué no estoy dispuesta? Que no puedo, sencillamente. No puedo dejar de responder a todo, a toda cosa en la que se pueda meter las manos. Y no es deseo de mangonear, no, es que esa emoción, ere arrebato que me produce la perfección –la vista o la imaginada– lo sufro por las cosas más increíbles… ¡Por cosas tan diferentes! Y la emoción es la misma. De eso es de lo que estoy segura, ¡es la misma!... Es como si eso, la perfección, pudiera, quisiera estar en todo, como si fuera la cúspide de todo…

Rosa Chacel

20/5/07

Rabia

La rabia, como una bola gorda e irresistible que se le hubiera encallado en la garganta, se adueñó de ella. Le pegó un puntapié a la alfombra pequeña que había al lado de la cama, que fue a parar, encogida, polvorienta, carmesí, al otro lado de la pared. La miró con la cara crispada, con ira. Hubiera pateado todos los muebles de la habitación. La zapatilla de paño, grande, deformada, se le había salido del pie y tuvo que ir a recogerla.

Se sentó en el borde de la cama con el pecho palpitante. Algo hervía dentro, algo que quería enfriar porque le resultaba incómodo, molesto. Se sentó con los brazos cruzados, apretados, hasta que le dolieron. Sin saber qué hacer. Con la vaga impresión de que alguien le había encerrado y de que tenía que buscar un resquicio, una abertura cualquiera para escapar.

Concha Alós

18/4/07

La confesión

“Si, ahora ya tienes que dejarme contártelo, oí que decía mi padre, como se lo tuve que contar a Teresa. No fue como ahora, pero tampoco tan distinto, dije una frase y con ella la puse al tanto y ya tuve que contar el resto, contar más para paliar una sola frase, es absurdo, descuida, no entraré mucho más en detalle. Ahora la he dicho y te he puesto al tanto, la he dicho en frío, entonces fue en caliente, ya sabes, uno dice cosas encendidas y se va calentando, uno quiere tanto y se siente tan querido que ya no sabe qué más hacer, a veces. En algunas circunstancias, en algunas noches uno se convierte en un exaltado, en un salvaje, le dice barbaridades a la persona que ama. Luego se olvidan, son como un juego, pero claro, un hecho no puede olvidarse. Estábamos en Toulouse, hicimos nuestro viaje de bodas a París, luego al sur de Francia. Estábamos en un hotel la penúltima noche del viaje, en la cama, y yo le dije muchas cosas a Teresa, uno dice de todo en esas ocasiones porque no se siente amenazando por nada, y cuando ya no sabía qué más decirle y sin embargo necesitaba decirle más, le dije lo que tantos amantes han dicho sin consecuencias: Te quiero tanto que mataría por ti, le dije. Ella se rió, contestó: Ya será menos. Pero en aquellos momentos yo no podía reírme, era uno de esos momentos en que se quiere con toda la seriedad del mundo, no hay broma que valga. Y entonces no pensé más y le dije la frase: Ya lo he hecho, le dije.”

Javier Marías

12/11/06

Principio de Incertidumbre

" En 1927 un matemático formuló el Principio de Incertidumbre. Venía a decir algo así como que nada se puede predecir con exactitud, siempre queda un margen de incertidumbre en el conocimiento humano. Y en ese margen de incertidumbre yo siempre pensé que estaba la música, las canciones. El principio esta relacionado con el hecho de que el observador, por el mero hecho de ser testigo, influye en la realidad que está observando, la altera, introduce una variable de indeterminación. Y esta noche, si a ustedes les parece bien, me gustaría hacer un experimento. Me gustaría demostrar que cada canción es diferente simplemente porque tú estás a mi lado, cada concierto es diferente porque tú lo escuchas, porque tú cantas conmigo. Así que, manos a la obra, nada está escrito, la historia no ha terminado. Quizá los siguientes días sigan siendo terribles y grises, puede ser... pero puede que no, puede que todo cambie. Que los días que tienen que venir abran ventanas a la esperanza. Este puede ser un buen comienzo. Este puede ser un buen principio: Principio de Incertidumbre."


Ismael Serrano

[estracto de Principio de Incertidumbre]

30/9/06

Saber su nombre

Necesitaba saber su nombre. ¿Por qué?, ¡vamos!, ¿por qué?... No lo comprendo, pero el caso es que iba metiéndome en el agua… Y es cosa que siempre me ha reventado ver en el cine, los tipos que se meten con botas y pantalones, como sin darse cuenta. Lo encuentro falso, falso: es una simulación del arrebato, es algo así como decir «estaba ciego de»… Yo me daba perfectamente cuenta de que me metía en el agua: para eso me había quitado los zapatos y seguía metiéndome aunque ya no podía levantar más las faldas. Me daba un poco de vergüenza… no, de lo que me daba un poco era de miedo; de eso es de lo que me daba vergüenza, pero quería saber su nombre. Ahora ya no me da miedo y sigue dándome vergüenza. Bueno, yo creo que también sigue dándome miedo. ¿No es idiota seguir pensando en ello? No se me borra de la cabeza, es como un rasguño o un cardenal, una lesión, como cuando dice uno, «debo haberme dado un golpe aquí, porque me duele»… Pero no fue un golpe inadvertido, fue todo lo contrario, un propósito del que ya no podía apearme, necesitaba saber su nombre.

Rosa Chacel