28/2/08

Rendición razonable

Fue entonces cuando invocó la ceguera voluntaria que le había salvado tantas veces, cuando era un niño aún, y después, la ilusión de inconsciencia que latía tras su constante amor por Teresa, la convicción del pasatiempo inocente que había salvaguardado de sí mismo, de su propia lucidez, la descabellada correspondencia sostenida en otros tiempos, la falsa impasibilidad maquillada de mezquina solidaridad de clase que le había permitido seguir queriendo a su madre cuando despidió a Merche porque se había quedado embarazada a sólo dos meses de las vacaciones de verano. Entonces, mientras la miraba bailar y se obligaba a no perder los nervios, intentó salvarla, quedarse con ella, pero se estaba haciendo viejo, y el frío que le impulsara a recuperarla era cada vez más intenso, y ya no había margen para una rendición razonable.

Almudena Grandes

25/2/08

Alguien a quien quise mucho

Hace un par de semanas vi a Miguel. Iba en un taxi camino de casa de Silvio, y él esperaba el disco verde para cruzar la calle. Le miré durante unos segundos buscando dentro de mí alguna de las cosas que había sentido por él en un tiempo que no era tan lejano. No encontré nada, salvo un ramalazo de decepción, un poco de rencor y, por consiguiente, cierta dosis de la amargura que nos deja el tiempo que consideramos perdido.

No es eso lo que quiero sentir por Miguel. La próxima vez que le vea, me gustaría que hiciese en mí el mismo efecto que cualquier extraño. Llegará un día en el que no recuerde el color exacto de sus ojos, como hoy soy incapaz de recordar el tacto de su piel, y entonces sólo sentiré melancolía por todo lo que nos unió una vez y que no supimos conservar para siempre. Y dentro de muchos años, cuando yo tenga la edad de Silvio, quisiera que Miguel fuese un buen recuerdo distorsionado por la nostalgia, y pensar en él como alguien a quien quise mucho, que me hizo feliz durante un tiempo y que luego desapareció, como ocurre con buena parte de las personas y las cosas que nos hacen dichosos.

Marta Rivera de la Cruz

20/2/08

Sino

Yo era por entonces, en aquellos años de incertidumbre, una de esas estudiantes vagas y feúchas, siempre vestidas de negro, cuya única verdadera ocupación parecía consistir en contemplar las cosas desde fuera. El paso del tiempo había dado con mis huesos en la ciudad de la luz, donde, sea dicho de paso, conocí a muchos perdedores y a algún que otro famoso de economía poco saneada. Siempre he creído que nosotros, los tímidos, los desapercibidos, los pobres de espíritu, estamos destinados a presenciar en silencio la vida de los otros.

Cuando yo llegué, París había dejado de ser una fiesta para convertirse en un enorme y esplendoroso vertedero. Casi todos veníamos a París huyendo: huíamos de nuestros países como quien huye de una ciénaga, el camino embarrado y previsible trazado por nuestra abuela, la trampa de miel de los afectos familiares. Huíamos de nuestras posibles vidas. Esa terquedad se me antoja ahora un síntoma de indefectible inocencia, de vanidad, de ignorancia. Pues todos acabamos sabiendo más tarde o más temprano que la rebeldía no es más que una pataleta vana en nuestro camino hacia la tumba. Que nuestro sino nos perseguirá adonde quiera que vayamos, espectro tembloroso del desencanto. Todas las ciudades son la misma ciudad. No es fácil hacer borrón y cuenta nueva.

Blanca Riestra

17/2/08

Salir a flote


Pero la vida es dura, ya lo sé. Ya sé que no sirve de nada aguantar hasta quince bajo el agua, quedarse hasta veinte con los peces de colores. El mundo ahí arriba sigue respirando y las tablas de surf surcan la superficie con la más absoluta indiferencia, y los niños gritan y los veraneantes de todo el mundo continúan su marcha, de local en local, sin detenerse a considerar la capacidad de mis pulmones, y al final da mucha pena perder un minuto más allí abajo, y la cabeza estalla por salir a flote y ver lo que pasa.

Luisa Castro

9/2/08

De novios y de libros

Me he acostumbrado a ordenar los recuerdos de mi vida con un cómputo de novios y de libros. Las diversas parejas que he tenido y las obras que he publicado son los mojones que marcan mi memoria, convirtiendo el informe barullo del tiempo en algo organizado. «Ah, aquel viaje a Japón debió de ser en la época en la que estaba con J., poco después de escribir Te trataré como a una reina», me digo, e inmediatamente las reminiscencias de aquel período, las desgastadas pizcas del pasado, parecen colocarse en su lugar.

Rosa Montero

3/2/08

Rezas

Rezas para que esta sea tu vida sin ti. Rezas para que las niñas quieran a esta mujer que se llama como tú y para que tu marido acabe por quererla. Para que vivan en la casa de al lado y las niñas usen el remolque para jugar a las muñecas y apenas recuerden a su madre que dormía de día y las llevaba de viaje en canoa. Rezas para que tengan momentos de felicidad tan intensos que cualquier pena parezca pequeña a su lado. Rezas a no sabes qué ni a quién, pero rezas, y no sientes nostalgia por la vida que no tendrás, porque para entonces habrás muerto, y los muertos no sienten nada. Ni siquiera nostalgia.
Isabel Coixet

31/1/08

Falso destino

¿Adónde ir si de la noche a la mañana se desea alcanzar lo incomparable, lo fabulosamente diverso? La cosa estaba clara. ¿Qué estaba haciendo allí? Se había equivocado. Era allí abajo adonde había querido ir. Y no tardó en enmendar el falso destino. A la semana y media de su llegada a la isla, entre las brumas matinales, una veloz lancha lo condujo, a él con su equipaje, al puerto militar, donde sólo bajó a tierra para subir acto seguido a una pasarela y pisar la húmeda cubierta de un barco que se disponía a zarpar rumbo a Venecia.

Thomas Mann

20/1/08

Basta de príncipe azul


Tengo una amiga que ha elaborado una original teoría sobre las relaciones personales. Según ella, cometemos el error de intentar encontrar nuestra media naranja –quimera cada vez más inalcanzable–, cuando lo que debemos procurarnos es el monstruo de Frankenstein. Dicho así suena friky, pero la teoría tiene su punto, de modo que voy a intentar explicarla. Mi amiga dice que nos pasamos la vida soñando con la persona perfecta, esa con la que compartir todas las parcelas de la vida: el sexo, las aficiones, los proyectos, que además sea nuestra mejor consejera y nuestro paño de lágrimas cuando vengan mal dadas. Lo malo es que tal dechado de virtudes no existe; pues el que es una fiera en la cama es también un ojo alegre que corre detrás de todo lo que lleve faldas. Aquel que parece nuestra alma gemela, porque le gusta tanto Oscar Wilde como Pink Floyd, es un vago de siete suelas al que le molesta nuestro éxito profesional. Y, por fin, el santo que aguanta todas nuestras neuras, nos ama con indesmayable pasión y mataría por nosotros es más aburrido que chupar un clavo y soporífero como el Valium. «Seamos realistas –dice mi amiga–, esto es lo que hay y más vale no hacerse películas. Para colmo, resulta que la mayoría de nosotras/os (la teoría es válida para hombres y mujeres) sabe todo esto de sobra, pero ahí es donde entra el `engaño Stendhal´.» «¿Y qué es eso?», pregunté yo, interesadísima. «Ya sabes», respondió mi amiga. «La inefable teoría de la cristalización. Dice Stendhal que cuando uno se enamora, se produce el mismo fenómeno que cuando se arroja un tronco seco a una mina de sal. La sal recama el tronco de bellísimos cristales que nos hacen ver como una joya lo que no es más que una rama vieja. Pasado el enamoramiento, se acaba la cristalización y volvemos a ver el tronco tal como es. En otras palabras, la persona que amamos no tiene ni la mitad de las virtudes que le atribuimos y más pronto que tarde empiezan a notarse sus carencias. A medida que nos vamos haciendo viejos, afortunadamente, seguimos enamorándonos, pero ya sabemos que todo es una idealización, de modo que cada vez resulta más difícil encontrar alguien potable. Entonces es cuando se hace necesario recurrir al doctor Frankestein.» Acto seguido, me explicó que la solución es crear un monstruo con trozos de personas hasta formar la media naranja ideal. «Evidentemente no se trata de descuartizar a nadie, sino de procurarse una persona como pareja estable, otra con quien compartir inquietudes intelectuales, una tercera para las confidencias más íntimas y hasta una cuarta para la cama, si es menester. Además, con este sistema se acabaron las neuras existenciales porque lo que no te da uno te lo da otro, ¿comprendes?»

Carmen Posadas

14/1/08

Más sensibles

Las mujeres se han conquistado a sí mismas como sujetos sociales, produciendo una importante ruptura respecto a su rol exclusivo. Las posibilidades de elección se han ampliado para ellas, consecuentemente con la igualdad de oportunidades. No obstante, por el momento no hay tabla rasa. En la vida afectiva las mujeres son más sensibles que los hombres a las palabras, a las demostraciones de amor con sus decepciones y frustraciones. Como dice Charo Altable «las mujeres, cuando hablamos de amor, hablamos de nosotras mismas aun no queriendo, y los hombres no hablan de ellos aun no queriendo». También fantasean más y acusan a los hombres de protegerse, de huir, de no entregarse plenamente, aunque hay quien afirma que parte de la razón por la que se contempla a los hombres como menos amorosos es debido a que su comportamiento se mide por un rasero femenino.

Carmen Alborch

10/1/08

¡Pierde la cabeza!

El amor es pasión, obsesión, no poder vivir sin alguien. ¡Pierde la cabeza! Encuentra a alguien a quien amar como loca y que te ame de igual manera. ¿Cómo encontrarlo?, pues... olvida el intelecto y escucha al corazón. No oigo ese corazón. Porque lo cierto es que vivir sin eso no tiene sentido alguno. Llegar a viejo sin haberse enamorado de verdad, en fin, es como no haber vivido. Tienes que intentarlo porque si no lo intentas, no habrás vivido.

¿Conoces a Joe Black?

7/1/08

Los años

-Ya sé. Se tenga la edad que se tenga, los años siempre son un estorbo.

Luisa se enfrentó a los ojos eternos de Cósimo Herrera.
-Al contrario. Son la excusa que usamos para no hacer aquellas cosas de las que
no somos capaces.

Demasiado tarde él la entendió. De un sólo golpe lo comprendió todo. Luisa seguía frente a él, mirándole con el aire un poco suficiente del que sabe que ya lo tiene todo perdido, con el aire del que ya no puede esperar nada y aguarda sólo una reacción porque es demasiado tarde para obtener una respuesta. Él la miró también, buscando la forma de salir del desconcierto, y cada vez la veía con más claridad en sus preguntas, en sus dudas, en la plenitud dolorosa y lejana de sus veinte años. Hubiera querido decir algo, pero se dio cuenta de que ella no quería que dijera nada. Siguió mirándola mucho tiempo, vio como los ojos de Luisa se llenaban de lágrimas y cómo ella no hacía nada por disimular que estaba llorando. Hubiera podido quedarse contra la pared, hubiera podido marcharse balbuceando un adiós y dejarle, solo y perplejo, con sus libros y las cuatro paredes de aquella casa, pero Luisa del Amo no lo hizo. Se quedó allí, rindiéndole sus armas, haciéndole testigo de aquella claudicación en la hora final, revelando el secreto que había guardado para sí todos aquellos meses, y Cósimo Herrera descubrió entonces cuánto valor había en cada una de aquellas lágrimas.

Marta Rivera de la Cruz

5/1/08

Una artista


Nadie mentía como Blanca, nadie poseía el don de convertir en fascinante una historia con la habilidad con la que ella lo hacía. Cualquier cosa, la que fuera, se convertía en nueva en sus labios. Sabía pedir prendas y buenos precios a cambio de las historias, y las empleaba con destreza como armas de seducción.

Blanca había sido una artista en el sentido más habitual de la palabra. Ella sí vestía de negro, buscaba collares hechos con huesos, hilos y conchas, se había agujereado varias veces las orejas y sus cambios de humor resultaban asombrosos.

Cuando se lo proponía, podía resultar turbadora.

Espido Freire

3/1/08

Personalidades peculiares

Cuando era más joven y más vulnerable, mi padre me dio un consejo en el que no he dejado de pensar desde entonces.

«Siempre que sientas deseos de criticar a alguien», me dijo, «recuerda que no a todo el mundo se le han dado tantas facilidades como a ti».

Eso fue lo único que dijo, pero como siempre nos lo hemos contado todo sin renunciar por ello a la discreción, comprendí que su frase encerraba un significado más amplio. El resultado es que tiendo a no juzgar a nadie, costumbre que ha hecho que me relacione con muchas personas interesantes y me ha convertido también en víctima de bastantes pelmazos inveterados. Las personalidades peculiares descubren en seguida esa cualidad y se aferran a ella cuando la encuentran en un ser humano normal.

Franzis Scott Fitzgerald

25/12/07

Las 13 Rosas


Cárcel de Ventas, hotel maravilloso,
donde se come y se vive a tó confort.
Donde no hay ni cama ni reposo
Y en los infiernos se está mucho mejor.
Hay colas hasta en los retretes,
rico cemento dan por pan,
lentejas único alimento.
Un plato al día te darán.
Lujoso baldosín
tenemos por colchón.
Y al despertar tenemos desecho un riñón.


Madre, madrecita, me voy a reunir con mi hermana y papá al otro mundo, pero ten presente que muero por persona honrada.
Muero como debe morir una inocente.
Adiós, madre querida, adiós para siempre.
Tu hija ya jamás te podrá besar ni abrazar...
No me lloreis.
¡Que mi nombre no se borre de la Historia!"
Julia Conesa

"Voy a morir con la cabeza alta... Sólo te pido... que quieras a todos y que no guardes nunca rencor a los que dieron muerte a tus padres, eso nunca. Las personas buenas no guardan rencor.
Hijo, hijo, hasta la eternidad..."
Blanca Brisac

16/12/07

Temos catarro

-Quedamos?
-Vale. Sabes que botei moza?
-Non me digas.
-Si. Chámase Alba e temos catarro.

Ceamos xuntos na súa casa, conteille os pormenores da miña historia de amor e mocos e alegrouse moito ao verme tan contento, pero decateimente de que me miraba dun xeito estraño, coma se estivese sangrando electrodos polas pupilas. Pasara longos meses en tensión dándolle a entender que sempre estaría disposto como e cando ela quixese, pero por primeira vez sentíame relaxado, sen a obriga de descifrala.
Diego Ameixeiras

10/12/07

Cómo molo

Cuando ayer por la mañana me miraba en el espejo de mi madre con el bañador nuevo, pensaba:


–Cómo molo.

Yo reconozco que es una frase un poco rara para decirla en voz alta, a no ser que seas un chulito como Yihad, pero estoy seguro de que pensarla la piensa mucha gente. La piensa el socorrista de la piscina de mi barrio, descarao: de vez en cuando, veo que se mira su superbíceps, y me corto un brazo si ese tío no está pensando: Cómo molo.

Lo piensa la Susana cuando pasa delante del banco del parque del Ahorcado donde estamos sentados Yihad, yo y el Orejones, y dejamos por un momento de insultarnos y aburrirnos para mirarla como se va sin decirnos ni ahí os quedáis. Seguro que en el interior de su mente enigmática hay una frase con dos palabras que dice:

–Cómo molo.
Elvira Lindo

3/12/07

Nuevos Tiempos

Un rumor de tormenta y mar recorre México. Un rumor que se extiende por todo el planeta. Un rumor que nos trae un poco de calor, que deshace los copos de nieve que nos llenan de canas. El subcomandante Marcos y su gente marchan a México DF. La gente los aclama y recuerda a Zapata. Lanzan vivas al EZLN.

Un fantasma recorre el mundo. El de una sensibilidad nueva que demanda más justicia para los que siempre pierden. En Seattle un terremoto que en El Salvador mataba a cientos de personas, que derrumbaba muros y almas dejando el país como un solar lleno de heridas, provoca la muerte de una única persona. Un hombre muere en Seattle de un infarto por un terremoto. En El Salvador buscan supervivientes entre los amasijos de ladrillo y metal y se han apagado todas las luces. Por el mismo terremoto.

Por eso en Porto Alegre inventan nuevas fórmulas para repartir mejor la felicidad y los presupuestos. Por eso Bové con su bigote de Asterix sale a la calle con sus tractores y sus motores suenan igual que el del autobús de Marcos. Por eso en las cumbres del FMI sus altos ejecutivos sudan bajo los trajes azules. Oyen el rumor de la batalla, el choque de los escudos de la policía de Praga. Vienen nuevos tiempos. Estoy seguro.

Un fantasma recorre el planeta. Mientras te vas a la compra y me dejes el corazón como una cama deshecha algo nuevo se va tramando. Mientras la gente araña el parabrisas para quitarse el hielo y los bostezos, el sub sonríe debajo del pasamontañas. Mientras los relojes de arena hacen crecer los desiertos un rumor de batir de alas y espuma se acerca al DF. Aquí hace frío y la gente llega tarde al trabajo. No digas que todo está en silencio. Di simplemente que no oyes.

Ismael Serrano

27/11/07

Fantasmas entre las páginas

No tengo ex libris, y nunca quise tenerlo. El ex libris, como saben ustedes, es una etiqueta o pegatina impresa que se adhiere a una de las guardas interiores de los libros de una biblioteca, para identificar a su propietario. «Soy de Fulano de Tal», suele decir la leyenda, o recoge algún lema –«Nunca estoy menos solo que cuando estoy solo» por ejemplo– que a menudo viene acompañado de una ilustración, motivo o escudo. Es costumbre bonita y antigua, y algunos ex libris son tan hermosos que hay quien los colecciona. Alguna vez un amigo artista se ofreció a hacerme uno, pero nunca acepté. Tengo mis ideas sobre la propiedad de libros y bibliotecas, y están relacionadas con lo efímero del asunto. He visto muchos libros arder, biblioteca de Sarajevo incluida, y comprado demasiados libros viejos como para hacerme ilusiones al respecto. Si es cierto que todo en esta vida lo poseemos sólo a título de depósito temporal, los libros son un recordatorio constante de esa evidencia. Creo que pretender amarrarlos a la propia existencia, al tiempo limitado de que dispone cada uno de nosotros, es un esfuerzo inútil. Y triste.

Quizá sea ésa, la palabra ‘tristeza’, la que mejor define el asunto. Como comprador y poseedor contumaz de libros usados, cazador de ojo adiestrado y dedos polvorientos en librerías de viejo y anticuarios, nunca puedo evitar que, junto al placer feroz de dar con el libro que busco o con la sorpresa inesperada, al goce de pasar las páginas de un viejo libro recién adquirido, lo acompañe una singular melancolía cuando reconozco las huellas, evidentes a veces, leves otras, de manos y vidas por las que ese libro pasó antes de entregarse a las mías. Como un hombre que, incluso contra su voluntad, detecte en la mujer a la que ama el eco de antiguos amantes, nunca puedo evitar –aunque me gustaría evitarlo– que el rastro de esas vidas anteriores llegue hasta mí en forma de huella en un margen, de mancha de tinta o de café, de esquina de página doblada, anotada o intonsa, de objeto que, abandonado a modo de marcador entre las hojas, señala una lectura interrumpida, quizá para siempre.

Y en efecto, ‘tristeza’ es la palabra. Melancolía absorta en las vidas anteriores a las que el libro que ahora tengo en las manos dio compañía, conocimiento, diversión, lucidez, felicidad, y de las que ya no queda más que ese rastro, unas veces obvio y otras apenas perceptible: un nombre escrito con tinta o la huella de una lágrima. Vidas lejanas a cuyos fantasmas me uniré cuando mis libros, si tienen la suerte de sobrevivir al azar y a los peligros de su frágil naturaleza, salgan de mis manos o de las de mis seres queridos para volver de nuevo a librerías de viejo y anticuarios, para viajar a otras inteligencias y proseguir, de ese modo, su dilatado, mágico, extraordinario vagar.

Por eso, como digo, no tengo ex libris. Rindo culto a los fantasmas, pero no deseo ser uno de ellos. Las estirpes se acaban, los mundos se extinguen, y tarde o temprano llega siempre el tiempo de los ropavejeros y los bárbaros. No quiero que mi nombre, mi lema, mi frágil vanidad de propietario sean causa de que, pasado el tiempo, alguien abra un libro polvoriento o chamuscado y descubra allí mi nombre como en la lápida de una tumba; donde por cierto, tampoco deseo figurar, jamás: «Soy –fui– de Fulano de Tal». Por eso, del mismo modo que conservo con celo ritual cualquier reliquia de anteriores propietarios, dejando allí donde la encuentro la hoja o el pétalo seco de flor, la carta doblada, el dibujo, la tarjeta postal, en lo que a mí se refiere procuro, como quien borra con cuidado las huellas de un asesinato, eliminar todo rastro. Por desgracia, alguno es indeleble: dedicatorias de amigos, subrayados y cosas así. Pero el resto de evidencias procuro eliminarlas con impecable eficacia. Situándome con paranoia de asesino minucioso ante cada libro que abandono en un estante para cierto tiempo –tal vez para siempre–, reviso antes sus páginas retirando cuanto allí dejé durante la lectura: cartas, tarjetas de embarque, notas, facturas, tarjetas de visita. Sin embargo, cuando tras la última ojeada considero limpia la escena del crimen y estoy a punto de cerrar la puerta a la manera de un Rogelio Ackroyd dispuesto a enfrentarse al detective, no puedo evitar una sonrisa contrariada y cómplice. Sé que, pese a mis esfuerzos, un buen rastreador, un lector adiestrado como Dios manda, cualquiera de los nuestros, como diría el buen y viejo abuelo Conrad, sabrá reconocer en pistas sutiles –una nota escrita a lápiz y borrada luego, una mancha de lluvia o agua salada, una marca de tinta, sangre o vida– la huella de mis manos. El eco de mi existencia anónima en esas páginas que amé, y que me recuerdan.


Arturo Pérez Reverte

26/11/07

Saber su nombre

Necesitaba saber su nombre. ¿Por qué?, ¡vamos!, ¿por qué?... No lo comprendo, pero el caso es que iba metiéndome en el agua… Y es cosa que siempre me ha reventado ver en el cine, los tipos que se meten con botas y pantalones, como sin darse cuenta. Lo encuentro falso, falso: es una simulación del arrebato, es algo así como decir «estaba ciego de»… Yo me daba perfectamente cuenta de que me metía en el agua: para eso me había quitado los zapatos y seguía metiéndome aunque ya no podía levantar más las faldas. Me daba un poco de vergüenza… no, de lo que me daba un poco era de miedo; de eso es de lo que me daba vergüenza, pero quería saber su nombre. Ahora ya no me da miedo y sigue dándome vergüenza. Bueno, yo creo que también sigue dándome miedo. ¿No es idiota seguir pensando en ello? No se me borra de la cabeza, es como un rasguño o un cardenal, una lesión, como cuando dice uno, «debo haberme dado un golpe aquí, porque me duele»… Pero no fue un golpe inadvertido, fue todo lo contrario, un propósito del que ya no podía apearme, necesitaba saber su nombre.

Rosa Chacel

22/11/07

El Parque

-Al parque, ¿le parece bien?

Lía asintió mordiéndose el labio inferior para aguantar la risa. En Ribanova, desde tiempo inmemorial, el Parque era refugio de novios furtivos, de amantes que se perdían por los rincones para besarse sin ser vistos, que aprovechaban las plazoletas solitarias para intercambiarse caricias, inquietos casi siempre ante la posibilidad de ser descubiertos por los niños que jugaban al balón o, peor aún, por el guardia de la porra tan dado a sancionar las manifestaciones de afecto. Pero Javier Aldao no recordaba ya que el Parque era una especie de paraíso sentimental para los enamorados ribanovenses.

Marta Rivera de la Cruz

15/11/07

Tomarla en mis brazos

Tomarla en mis brazos, besar aquel trozo de piel donde el cabello dorado se convertía en una pelusilla blanca y sedosa. El perfume dulzón mezclándose con otro aroma, el mío; su mano que descansa en mi vientre, y las puntas de sus dedos que descienden tamborileando hacia la cumbre de mis muslos; abrir las piernas y adelantar las caderas; rodar y revolcarnos enredadas en una masa de brazos y piernas; estremecimiento salvaje y la habitación que se fragmenta en trocitos y se disuelve.

Lucía Etxebarria

11/11/07

Venecia


Venecia, por ejemplo. La noche artificial de Venecia que se presentaba más orcura que nunca aunque el reloj señalase exactamente, las doce del mediodía. Y la estupidez tudesca de Igneborg (un sexo encendido a ritmo de vals fané) se asustó ante aquella oscuridad inusitada.

Razono, mesuro, hurgo en busca de las raíces clásicas y entiendo, desde siempre, que Venecia no puede ser hermosa porque encarna la negación del Ideal. Una ciudad donde el día es noche, donde los cascajos antaño gloriosos sucumben bajo el peso de la muerte, una ciudad así ya no es belleza, sino desastre.

Terenci Moix

7/11/07

A mejor vida

Pasar a mejor vida... ¿De quién se puede decir esto, de los héroes, de los santos, de los que tuvieron una muerte gloriosa o de los que tuvieron una vida aperreada? De todos, creo, porque lo de mejor parece una comparación y de lo que se trata es de lo incomparable, de lo increíble, de lo pasmoso y de lo fácil que es pasar por una puerta, una puerta giratoria, una puerta que parece que se mueve por sí misma, que no hay que abrirla, sino que hay que echarse a ella, entregárse a tiempo porque ella sigue girando y otros vienen detrás, otros que tienen que pasar igualmente... y uno pasa y entra en otro mundo... ¿Qué es lo que pasa cuando uno pasa?... No pasa nada... ¿Qué es lo que ve?...

Rosa Chacel

5/11/07

Palabras

Combate cuerpo a cuerpo entre los vivos y los muertos. Resucitación boca a boca entre el poeta y la palabra. Bésame con el hueco de tu boca, la cueva donde las palabras se excavan, las palabras cubiertas de arena bajo el tiempo. Bésame con el hueco de tu boca y recibiré el don de lenguas.

Jeanette Winterson

31/10/07

Con otro

El amor no es sino la acuciante necesidad de sentirse con otro, de pensarse con otro, de dejar de padecer la insoportable soledad del que se sabe vivo y condenado. Y así, buscamos en el otro no quien el otro es, sino una simple excusa para imaginar que hemos encontrado un alma gemela, un corazón capaz de palpitar en el silencio enloquecedor que media entre los latidos del nuestro, mientras corremos por la vida o la vida corre por nosotros hasta acabarnos.


Rosa Montero